Datos personales

Mi foto
"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

jueves, 30 de octubre de 2008

Tiempo de vivir, de Francis Ozon

30/10/08
“¡Si sabés que en cualquier momento vas a desaparecer, qué se yo, podrías haber hecho más cosas!”- Así se expresó hoy un muchacho muy joven en el debate posterior al film que nos dejó mudos a todos, o casi a todos. ¡Qué frase tan irónica!. Por mi parte agregaría “¡Si todos supiéramos que en cualquier momento vamos a desaparecer, qué se yo, podríamos hacer más cosas!”, ¿Es que quizás todos quienes hoy estamos aquí no lo hacemos en El tiempo que resta, tal el título de la película en francés traducido al español?
Efectivamente, estamos en un nuevo siglo-milenio en el cual se ha instaurado- como hablé en el debate- un nuevo tabú: el de la muerte. El director nos expone la realidad de una cultura aún ajena para nuestras convenciones. Una cultura en la cual la diversidad sexual pone en foco al menos dos respuestas para el gran interrogante que me atrajo por su belleza: ¿Qué es el sexo?. Aquí serán: El sexo es para gozar y el sexo es para procrear y, dos nuevas preguntas se abrirán: ¿El sexo tendrá como límite la descendencia? ¿El sexo habrá de tener como fin último la trascendencia? De algún modo, el protagonista del film trasciende finalmente con la aceptación de la muerte, pero también con la reconciliación consigo mismo, con su niño interior, además del azar manipulado como oportunidad para perpetuarse. Pienso si no será esto lo que nos estará faltando como sociedad. No puedo olvidar el temor que sentí hoy, cuando en el viaje en colectivo para ir al Cineforum, esos dos jóvenes bajo los efectos de las drogas manifestaban allí un comportamiento siniestro y, en mi reflexión posterior que me llevó a cuestionarme qué estamos dando como sociedad a nuestros jóvenes. Mucho de nuestras frustraciones y de nuestras negaciones, según veo.
Tomo un fragmento del texto El negro cerebro de Piranesi de Marguerite Yourcenar que me encontraba leyendo por enésima vez en el ómnibus mientras me invadía el temor a ser atacada por esos dos jóvenes enajenados: “No podemos dejar de pensar en nuestras teorías, en nuestros sistemas, en nuestras magníficas y vanas construcciones mentales, en cuyos recovecos acaba siempre escondiéndose un condenado… ese mundo ficticio y, no obstante, siniestramente real, claustrofóbico y, sin embargo, megalómano, no deja de recordarnos aquel en que la humanidad moderna se encierra más cada día, y del que empezamos a reconocer los mortales peligros”. ¿Cómo trascender la propia muerte sino dejando huellas?. Registrando, quizás, en un acto desesperado, como las lágrimas bajo la lluvia del replicante de Blade Runner, aquellos momentos vividos que se fugan en el tiempo, congelándolos en ese instante del eso- estuvo- ahí. La fotografía conlleva la muerte, según Barthes y, no es casual que Franctis Ozon haya elegido ese mecanismo de registro para tratar el tema mismo de la muerte, a mi criterio el eje principal de este film donde es la imagen visual en sí la co-protagonista del relato. Imágenes de cuerpos tomados como paisajes- que me recordaron a mis paisajes corporales- sobre fondos en fuera de foco, desdibujados en los reflejos de los espejos o en los vidrios de las ventanas. Aparece otra vez la cuestión del cuerpo, de la piel, en mis reflexiones, pero en ésta lo hace como imago, con todo aquello que la etimología del término pueda llegar a deconstruirse hoy. Rondará nuevamente otro interrogante a partir de ahora: ¿Qué es el cuerpo? O mejor, ¿Cómo vincular sexo, muerte, cuerpo? Hasta aquí llegué hasta hoy.

[Post- escritura]
Por primera vez un film me mueve tanto que me lleva a escribir más allá del tiempo que me demanda el regreso a mi casa. Faltó algo más.La muerte no nos inmoviliza. Muy por el contrario, es lo que da sentido y nos hace vivir. Quienes percibimos que la muerte es inminente- aún sin saber el momento preciso en que llegará, después de todo quién lo sabe- nos aferramos a la vida y la honramos con lo mejor de nuestros actos. Como en la letra de la canción de Baglietto: “Digamos mejor que es necesario actuar para vivir”.

Franctis Ozon, Le temps qui reste (Tiempo de vivir), 2005

jueves, 23 de octubre de 2008

El hada ignorante, de Ferzan Özpetek

23/10/08
Las acciones mudas, así retraduzco a mi español el título de El hada ignorante, por centrar mi atención en esas dos obras de arte que unen los dos mundos de Antonia y Michelle, el encuentro abrupto en principio y que se va haciendo familiar después.
Cuando en la regularidad de aquello que es familiar irrumpen uno o más acontecimientos inesperados, extraños, aparece lo siniestro y da terror. Esa imagen del cuadro que, luego en el debate me entero que se trató de una obra pintada por el mismo Özpetek da cuenta de lo siniestro.
Unos ojos oscuros sin mirada, ojos espectrales en un retrato sin boca en el anverso, oculta en su reverso el registro de la palabra escrita y el desocultamiento de un secreto, tanto como el libro de poemas que Massimo hubo de ir a comprar en el pasado para su esposa y que lo llevó a encontrar una historia de amor con Michelle. Al final se enuncia la libertad para Antonia en el collar de su tía, es su conquista y, pese a descubrir la dolorosa verdad de la ambivalencia en la vida de su esposo muerto, guarda ahora en sus entrañas una vida nueva a partir de su aceptación y del respeto por la verdad del pasado.
Nada hubiera sucedido sin que mediaran estas dos obras. Todo un universo colectivo hallado en los márgenes, en el parergon de la obra de arte. Tanto como en este bellísimo film del director turco, puente entre dos culturas disímiles: la oriental/la occidental, la heterosexual y burguesa/la gay y popular, la masculinidad/la feminidad, el libro/la pintura.
Es la verdad en pintura. Nada habrá a partir de ahora que no sea desocultar aquello que estaba oculto, aprender a decir mi palabra.

Ferzan Özpetek, Le fate ignorante (El hada ignorante), 2001

jueves, 16 de octubre de 2008

Transamerica, de Duncan Tucker

16/10/08
Un film entrañable, que apela permanentemente a la emoción- Así puedo sintetizar Transamerica- luego de quince días en que realmente extrañé este ciclo cinéfilo semanal- donde cada uno de los protagonistas reconstruye su propia historia para aceptar y elegir la transformación.
No es curioso el inicio con ese personaje modulando su voz para intentar encontrarse con la propia y, un final en que la propia voz es encontrada en el diálogo con el otro. Un grito casi, emergiendo de las fauces de Bree, la trans que negocia con los límites aceptables para el sistema en pos de su- así la cree hasta entonces- más grande transformación, no podría siquiera imaginar que un incidente tal como el reencuentro con un hijo no reconocido de una parte negada de su propia historia y, la enmienda, el resarcimiento que iniciará con ese viaje en auto de varios días hasta el lugar de destino común.
Tendrá, sin embargo, que recurrir a la máscara en principio para acercarse a su hijo y, se generarán una serie de conflictos. Ella insiste primero en pasar por el pueblo donde se había criado Toby (quien seguiría llamándose así y del cual nunca sabremos su verdadero nombre aunque, en algún momento él mismo haya pensado para sí en otro seudónimo) y ambos reconocerán y compartirán la realidad de un pasado tortuoso para Toby, quien fuera abusado sexualmente por su padrastro.
Luego, el sitio elegido será la casa natal de Bree, con sus padres y una hermana quienes también son parientes de Toby y que, tras enfrentarse a la verdad, también serán reconocidos y compartidos, aunque Toby decida huir de allí, al final, vuelve a buscar a su padre-madre.
Esa imagen final del film tan íntima de ambos protagonistas compartiendo una charla en la escena llena de intimismos lograda con una toma casi con veladura.
Es notable el cambio que se opera en la propia mirada con respecto a la figura trans. Cuando al comienzo del film Bree se va revistiendo de atributos considerados socialmente como femeninos, las tomas de planos de detalle de su cuerpo culminan en su rostro que se hizo grotesca. Pero, al final es tal el grado de aceptación, que lo vi bello. El personaje me inspiró ternura.
Me hizo reflexionar mucho este film, en especial la charla brindada por el Dr. Fernando Costa en el debate y su frase: “Para hablar de diversidad, primero hay que aceptar las diferencias, que las hay porque no existe la homogeneidad” y, en el peso que tiene hablar en términos de normalidad o anormalidad, polarizaciones del siglo XX que han hecho y aún siguen haciendo mucho daño.

Duncan Tucker, Transamerica, 2005

jueves, 2 de octubre de 2008

Fresa y chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío

02/10/08
No puedo continuar sin hacer el mea culpa por no haber asistido a la emisión del film del jueves pasado, aunque me parece que haber contenido a mi otra hermana bien valía el sacrificio…
Hoy se inicia un nuevo ciclo con este film encantador que, como tal me sedujo e impidió que lo viera con esta otra perspectiva, la de la óptica de género, así prefiero pensar a la homofobia en general.
Me ha quedado muy marcada esa escena del recorrido visual de David por las calles de La Habana y esas frases suyas “El sexo, siempre el sexo”. “El sexo no se sublima” como diría Freud, según mi terapeuta, aunque en el debate descubrí que hay una parte que sí se sublima y es lo que permite la producción cultural. Pero, ¿Qué es el sexo? ¿La genitalidad? ¿La heterosexualidad? ¿La homosexualidad? ¿El machismo, el feminismo? ¿Las luchas de las organizaciones gay, lésbicas y trans? ¿Las de la Liga de la decencia o de la Acción Católica?
No es un dato menor la presión de las instituciones sobre los individuos: el matrimonio, la familia, la escuela y la institución social en general.
Una presión-prisión que se vale de estereotipos y así surgen otras grandes preguntas ¿Se nace mujer? ¿Se nace hombre? ¿O es el peso de las instituciones el que deja huellas marcadas en la vida de la gente?
No es tampoco un dato menor recordar mi zona generativa, mi nacimiento oculto en un matrimonio obligado en otro país impuesto y, las consecuencias que eso trajo aparejadas a mi identidad.
“El sexo, siempre el sexo”. Pero, ¿Qué es el sexo? Una pregunta que no logro responder por ahora, una pregunta que es bella así, sin una respuesta porque tiene muchas.

Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, Fresa y chocolate, 1993