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"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

domingo, 24 de mayo de 2009

La naranja se pasea

21/05/09[En tiempo previo al film]
Allí viene por fin, el 122 verde- Pensaba exactamente dos minutos atrás antes de sumergir mi mano derecha en las profundidades acuáticas de mi cartera y dar con esta simpática lapicera azul con calendario desplegable incorporado. Es que, mi estimado lector ignoto, me urgía la necesidad de echar a girar el trazo de ésta y, ya mi universo logo-excéntrico había puesto en marcha ayer, cuando recordaba la primera vez que supe acerca del film del día/noche de hoy: La naranja mecánica. ¡Qué título tan cómico resonó en mi aún universo logo-excéntrico infantil unos más de treinta años atrás, cuando en mi veloz carrera arriba por aquella calle 15 Proyectadas rumbo a su intersección con la calle Brasil, a unas cuatro cuadras de mi casa- por entonces algo así como cuatro kilómetros significando en el espacio/tiempo de aquella niña de diez años- me detuve, decía, antes del mandado que mi madre me hiciera hacer en aquel almacén coreano, frente al Cine Brasilia para leer el título de ese cartel que ostentaba una extraña imagen de un hombre con un raro ojo que salía de una ventana triangular con una daga en su mano: LA NARANJA MECÁNICA, ESTRENO, PROHIBIDA PARA MENORES DE 18 AÑOS.
¡Qué título tan gracioso para una película que me estaba vedada! ¿De qué trataría? Algo extraño había con las naranjas y los cuchillos, así era también en aquella canción infantil de… no recordaba quién, que así decía: La naranja se pasea de la sala al comedor, no le tires con cuchillo, tírale con tenedor… Y entonces, ¿Mecánica?
¿Qué extraños engranajes podrían tornar a una simple naranja en máquina?¿O es que, de pronto, por algún raro designio una naranja podría- vistiendo mameluco y con manos engrasadas- adentrarse en las entrañas de algún que otro motor?
Pero, ese Cine Brasilia me invitaba o invitaba a que viera el film ni bien cumpliera mis dieciocho años.
Semanas tras semanas desfilaban los estrenos: Corazón, Tiburón, Amigos para siempre… Sólo vi este último y lloré amargamente con esa película que jamás pude volver a ver; unos niños amigos, uno blanco y el otro negro viajando solos en avión, jugando traviesos en el interior de un neumático enorme que giraba y giraba cuesta abajo y, al final el niño negro que moría para darle calor corporal a su amigo blanco refugiados en la calle en medio de una tormenta de nieve o, aquella otra película en que tuve que taparme los ojos para no ver esas escenas tan violentas, como al hombre que ahogaban en una suerte de naranja vidriada- así habré de describir ese objeto enclavado en una habitación- Brutal asesinato como para ser visto por una niña que acompañaba a su padre adorador del cine.
Aquellos veranos con la pantalla gigante, simple ella, con revoque fino a la cal y sin más techo que las estrellas que en Asunción siempre están más cerca… Hasta que techaron la sala con tinglado y ese cine del Barrio Obrero ganó estatus pero perdió altura.
La última vez que fui al Cine Brasilia- alrededor de las diez de una fresca mañana de otoño junto a mis compañeros de colegio- vi una película japonesa con los personajes volando en cada salto al choque de sus espadas.
Los años pasaron, de La naranja mecánica sólo vi fragmentos por TV avanzadas las noches en que me rendía el sueño y no lograba terminarla. Imágenes grotescas se sucedían en la pequeña pantalla, con falos gigantes, masas humanas y, un hombre a quien obligaban a permanecer despierto con un artilugio mecánico adherido a los ojos frente a la proyección ininterrumpida de imágenes en una sala de cine para lavarle el cerebro.
Estoy llegando a la proyección, ya son las 19:37, no quiero verla entrecortada otra vez. He duplicado y superado la edad para asistir a la función, pienso… Por la mañana estarán colgando mi nueva gran cáscara de naranja cortada con cuchillo, pero esta vez re-unida en un friso con otras obras.

[Luego del film]
Sí, definitivamente esta lapicera azul con calendario es la más apropiada para escribir sobre un film tan insólito como el de hoy. Insólito no porque tenga la dureza pétrea para tratar el tema de las oposiciones- las polarizaciones del siglo XX-, sino insólito por lo inesperado en tanto medio para aludir a la violencia en todas sus formas, aún la de la producción cultural misma. La violencia del arte, la del cine, la de la pintura graffiteada, la de la escultura exhibiendo la magnitud de un pene que puede asesinar, el teatro con su juego de luces persecutorias sobre un escenario, la del texto escrito, y del texto oral para manifestarse en un idioma que ejerce violencia sobre el idioma mismo aunque, en particular- y la más fuerte- la violencia simbólica de las instituciones sociales, la familia, la religión, la cárcel…
Sin duda, el arte a veces nos muestra que posee un lado oscuro, no por ello menos exquisito. Considero que lo siniestro no es la cara opuesta de la belleza, es otro más de sus atributos.
He superado, decía, la edad para ver el film por más del doble y aún así me impactaron fuertemente ciertos fragmentos cuyo título ahora sí puedo comprender: El individuo diluido como engranaje del mecanismo social que ha de ceder a su capacidad de elegir para intentar la aceptación del medio que lo circunda.
Pienso en aquella extraña sensación de enajenación que me invadía unos quince días atrás al no verme cercada por las instituciones sociales convencionales. La pregunta que así me surge es: Si el sujeto se significa por su inserción en una institución social del tipo que sea, ¿Qué ocurre cuando la tensión entre elegir en cuál sitio ubicarse lo lleva a posicionarse en los márgenes, en aquellas zonas difuminadas del límite?

Stanley Kubrick, A clockwork orange (La naranja mecánica), 1971

domingo, 17 de mayo de 2009

El amor duele

14/05/09
[En tiempo previo al film]
Una serie de lapiceras azules se sumergen en el lecho marino de mi cartera, a la pesca hoy consigo dar con una, ésta es bien azul, azul como los sueños, azul como el mar, azul como el cielo, azul como el príncipe de algún cuento de hadas y la pregunta que flota entre las crestas: ¿Cómo se hace? ¿Cómo se hace para seducir a un hombre, mujer?
Mi querido lector ignoto, no sé si vos seas el príncipe azul de los sueños de esta princesa pero, si estás ahí, no desfallezcas, aprenderé.
Una melodía flota- siempre hay alguna- en mis recuerdos al pensar en el film que pronto veré: Casablanca. En los timbres, el eco de mis recuerdos me trae el primer fragmento de Según pasan los años una y otra vez, con ese dejo de melancolía que ya ese arte me imprime como única información previa y, es quizás tan repetitiva como esta pregunta que viene una y otra vez: ¿Cómo seducirte por primera vez? ¿Cómo seducirte con la improvisación y el traspié de toda primera vez?... No lo sé.
¿Cómo esta mujer que hace tan poco nació podrá hallar el modo de seducirte, Adán?
Tengo entre mis dedos esta deliciosa manzana que ya he probado, mi boca aún conserva ese agridulce sabor de una dentellada casi escabrosa, hasta escandalosa pero… vos has de probarla también. Te gustaría como a mí o más, mi lector ignoto. Según pasan los años dicen que hay más experiencia y, la experiencia de amar se hace más intensa con cada tic-tac del reloj…

[Luego del film]
No fue difícil encontrar nuevamente un bolígrafo para retomar esta comunicación, estimado lector ignoto.
Minutos atrás esperaba en el cruce de dos arterias del corazón de esta ciudad. En la esquina de una- habitualmente iluminada- sólo se veía el horizonte de la otra con sus focos apagados y, en la penumbra de esta fría noche estrellada de otoño mi figura quizás se percibía con una luz cenital similar a la que bañaba los rostros de los personajes del film Casablanca. Recordé aquella frase que escribiera el año pasado: El amor es así, duele.
Una seductora Ingrid Berman, (Ilsa, en el film) en sus desfiles de impecables trajes Dior, comparte el mayor de los amores con su amado, el sublime amor a una causa.
Quizás pudiste pensar que se trababa de una mujer infiel más, pero en la trama descubrirás su inocencia. Y él… él, con su máscara más rígida, escondía tan sólo a un sentimental más. Tan sólo… ¿Tan sólo? Tan acompañado por mis preguntas repetitivas girando en mi cabeza sin respuestas: ¿Cómo se hace? ¿Cómo se hace para seducir a un hombre, mujer?
Ella bien lo supo. Afortunada ella, porque yo no.

Michael Curtiz, Casablanca, 1942

Horas de fantasmas o dulce reposo

07/05/09
[En tiempo previo al film]
Estimado lector ignoto, efectivamente el jueves me dormí. Es que cuando huye el día hay al menos dos posibilidades con el arribo de la noche, o rondan todos los fantasmas agobiando el descanso y llega la hora de producir todas esas obras que en más de una negra y agujereada capa supe realizar, o, como me sucedió hace una semana, llega el momento del desmayo para el más profundo de los reposos.
Es que el trabajo no sólo trae dignidad, sino sobre todo cansancio. A veces, el trabajo -que sólo debería ser necesario para disfrutar del ocio- crece como un globo rojo que un niño infla desprevenido hasta reventarse sobre su nariz.
En el acto desesperado por conservar mi trabajo y la permanencia en él me he encargado de aferrarme a cuanta posibilidad hubiere y ahora… Ahora, apenas respiro ante cada segundo, corriendo, a los saltos, en un ritmo hiper-acelerado, corriendo contra qué, para qué. Tal vez deba parar, mi amigo. Sí, porque escribo estas líneas para vos a los saltos en este colectivo, nuevamente sentada justo encima de la rueda izquierda trasera.
Corriendo, digo, contra el tiempo, porque no me quiero tampoco perder de ver ese jardín que una amiga virtual- compañera real- hace tiempo ha estado armando…
Yo no te prometí un jardín de rosas, tal la obra de Frivolidades Argentinas, la muestra que se inaugura paralelamente al film de hoy. Pero el día me huye otra vez, estimado lector ignoto y, antes de ese film que ya casi vislumbro en estas líneas habré de pasar a ver ese jardín no prometido.
Temprano, recordaba esa frase de Savater a propósito de la inauguración de la Feria del libro de este año: “El mundo de alguna manera siempre ha vivido una realidad virtual”, efectivamente, yo también comparto. Pareciera que las llamadas nuevas tecnologías instauraron precisamente eso: Algo nuevo. Pero, la concepción cíclica de la historia hace que lo que hoy creemos nuevo, en mi opinión, no es más que una vuelta de tuerca de lo mismo.
Pienso que desde que el ser humano posee su capacidad de hacer arte, desde que es tal, asiste en consecuencia a un mundo virtual.
Este colectivo dio otra vuelta y ya no sé dónde estoy. ¡Ah! Pellegrini y Mitre. En horas- por la mañana- andaré por aquí para volver a trabajar pero, mientras tanto a disfrutar. Eso, si la noche que sobreviene lo permite, pues cuando huye el día viene ella con sus horas de fantasmas o con el dulce reposo.

[Luego del film]
Y aún cuando huye el día, aún cuando ya toda la vida se cree escurrida en un hombre que jamás conoció el amor, viene ella con su manto de posibilidad. Aún cuando la propia muerte se vea llegando con su corte abrupto, está en el rostro envejecido la luz de la vida iluminando el dulce reposo.
Ese hombre trabajó, quién escribirá su historia, la cara reseca, la viuda que sueña, los amigos que siguen igual, la gloria en zapatillas, el florero vacío, quién sabe si se puso a pensar, para qué vivo… Vienen las letras de El témpano, esa canción de Rubén Goldín.
Las fresas salvajes que esa joven Sara recolectaba en su canasta y que luego cayeron por el beso robado por Sigfrid fueron la posibilidad de amar de Isak, ese hombre hierático pero, también me recordaron esa pequeña huerta de frutillas que mi- no menos- hierática abuela tenía en el patio trasero de su casa.
Me encantaba estar en cuclillas tocando la blanca arena donde crecían, viendo cómo demoraban en madurar. Esa vez que arranqué unas, aún blancas y me retaron tanto mi abuela y mi madre que lloré amargamente. Después, esas rojas frutillas de los cuatro potes de postre que, preparando mi madre, terminaron en el tarro de basura del fondo de mi casa tras una discusión entre mi padre y ella por no ponerse de acuerdo en si (cambié la lapicera por una negra, casualmente la azul se quedó sin tinta) debían permitirme que las comiera antes del almuerzo o no.
Las comí de todos modos, con el llanto ahogado arrodillada sobre el tarro de basura para salirme con la mía. La paliza de mi padre no me dolió.
De pronto, mi ignoto lector, caigo en la cuenta de que yo tampoco conozco el amor (Levanto la vista y sólo veo la hilera de cabezas delante de mí en este regreso en colectivo, se me hace un nudo en la garganta, no sé si podré seguir escribiendo por hoy).

Veo que tiene muchos títulos pero, yo llamaría al film de hoy Fresas robadas.
Siento, de pronto, como si la vida me dijera “Yo no te prometí un jardín de rosas”… pero, me salgo con la mía y le respondo dulcemente con esta canción “Yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz…”
Estoy de vuelta en mi casa, del colgante de llaves (no he hallado mejor lugar) cuelga una nueva gran cáscara llena de cicatrices que ayer pinté para la exposición en la facultad por los 25 años de democracia…

Ingmar Bergman, Smultronstället (Cuando huye el día/Fresas salvajes), 1957

Enajenación

30/04/09
[En tiempo previo al film]
Antes de salir tomé deliberadamente una serie de lapiceras de tintes infrecuentes. Me cansé del azul y el negro; ahora comienzo estas líneas…- no habrás de adivinar mi lector ignoto, puesto que esta que elegí se trata nada menos que del naranja, aunque hay, sin embargo, otra verde amarilla y aún más, la magenta-.
Venía meditando en cómo desenrollar esta conversación y encontré un término en mi solitario universo logo-excéntrico. El vocablo en cuestión es enajenado.
Una extraña sensación de enajenación se ha estado apoderando de mí por estas horas y…- cambiaré de tinte, ya que casi no se ven los trazos sobre este blanco papel-.
Te decía que…- se entrecorta el trazo de la lapicera magenta y su punta salta al compás de los propios saltos de este colectivo, “propios” digo, ya casi no leo ni mis propias líneas que se me hacen ajenas por el impacto del movimiento irregular conque me traslado-. El título (se cortó la palabra) del film Ladrones de bicicletas no me dice nada más que “Mirá, han hecho u (en blanco, una)"- cambio por la verde, se ven un poco más que las líneas naranjas, pero no tanto como las magentas, creo que volveré al azul, ¡Oh!, buscar en esta cartera es como entrar en esa grieta abisal de once mil kilómetros, la más profunda que se conozca en el fondo del mar. Bien, por algo los instrumentos de escritura manual son mejores si azules o negros-.
Decía (creo, no recuerdo) que el título del film del día/noche sólo me dice “Mirá que le han hecho un film a los tres que te robaron aquéllas tres bicicletas y, en particular la última- casi recién comprada- con la que hacías tus placenteros viajes recorriendo media ciudad hasta esos amaneceres a orillas del río [marrón] Paraná allá por el 2001. Locura de sentir el frío helado de aquel invierno lastimándote la cara mientras pedaleabas uno de tus tantos sueños: el sueño del ejercicio de la docencia. Y hoy… y ahora… enajenada”.
Ya no me quedan ninguna de esas tres bicicletas, decidí no comprarme jamás ninguna otra, no porque no amara el lento o veloz pedaleo poniéndole la cara al viento, sino para no darles el gusto a ellos, a los ladrones.
¡Qué palabra tan desagradable para describir a quienes se apropian de lo ajeno!
Sin querer volví al término enajenado/a, (busco desesperadamente otra hoja para seguir escribiendo) aquel que entra en el juego del ajeno.
Por ahora freno, debo bajar de este vehículo. De veras, quiero saber de qué se trata esta película, aunque ya lo intuya.

[Luego del film]
Noto que no sé cómo y, de alguna manera mi universo logo-excéntrico (así deconstruyo el término a partir de una diferenciación con el de logocentrismo con tanta vigencia por siglos) logra escribir acerca del film del día/noche desde antes de verlo, quizás sea solo algo fortuito o, tal vez sea que esa neurosis obsesiva que siempre me acompaña provoque que asocie los acontecimientos de tal modo que se me hagan siniestros, tal como leyera unos meses atrás en El hombre de la arena analizado por Freud.
Digo siniestro en el sentido de, aquello que debiendo ser familiar se percibe de pronto como ajeno, extraño.
¿Cómo podría haber pensado en el término “enajenación” antes de ver esta maravillosa película de De Sica? La bicicleta era la posibilidad de estar mejor, la posibilidad de comer, de hacer feliz a la propia familia, hasta de recuperar con tan sólo un mes de salario los seis cubrecamas vendidos por la mujer para comprar esa bicicleta pero, una vez enajenada pasó ser más que sólo eso, pasó a ser atributo de la dignidad arrebatada.
La dignidad, tan sostenida tanto por el sombrero del protagonista padre, como por el saco del protagonista niño.
Tan deseada que hasta en nombre de la dignidad misma, la bicicleta hubo de ser robada por el padre frente al dolor de ese niño sin consuelo.
Tuve muchos deseos de llorar por la crudeza del relato. Sí, diré “relato” porque de eso se trató el film de hoy. Relato desde lo verbal y lo no verbal, por sobre todo lo no verbal en los gestos y en los espacios.
Hubo un tiempo y un lugar en que el trabajo- cualquiera fuese- representaba la dignidad. Me planteo que algo ha pasado, en mi entorno el trabajo ya no es atributo de dignidad, sinónimo de bienestar… (Me duermo)



Vittorio De Sica, Ladri di biciclette (Ladrones de bicicletas), 1948

Seducción

23/04/09
[En tiempo previo al film]
Y hoy, a casi un mes del inicio de un nuevo ciclo de magia en movimiento, cuando enmendé la fecha del 26/08/09 por error escrita- ¿Cuál será el significado de tal combinación de números de una fecha que aún no ha llegado para suplir al 26/03/09?- Hoy, como decía, se me abre un debate por el difícil arte de seducir sin llegar a ser abandonante (me permito el neologismo)/abandonado (“De ningún lado vengo y a ningún lado voy”) ¿Es que existe alguna forma de amar sólo seduciendo? ¿Sin que el gerundio devenga acción irrefrenable?. Ciudadano Kane (Me confundo al pensar el título de El ciudadano por su carga cívica, ¿Se tratará de ésta? No es la referencia que tengo) es el film prometido para hoy, uno de los muchos clásicos que siempre quise ver.
Sigo aún pensando en que sí existo, pero no quiero hacer sólo eso: existir; un ser como simple duración frente a un sistema autoperpetuante (otro neologismo), reproductor. Me vienen de pronto las letras junto a la melodía de la canción de Marilina Ross: Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir honrar la vida…
(Una ambulancia gira velozmente a la izquierda con el ulular de su sirena y el titilar de su luz verde desde la vía contraria de esta avenida por la cual me dirijo al centro, voy veloz también, sentada en el asiento individual del 122 verde, justo sobre la rueda; estos ocasionales compañeros de viaje también corren y, de tanto en tanto se equilibran en su propia inercia, igual que yo con cada frenada del vehículo. Me miran o miran sus reflejos en las ventanillas, meditabundos).

[Luego del film]
¡Oh! ¡Al fin puedo darte la bienvenida, mi desconocido lector! Ahora sí, gracias a esta maravillosa joya del cine de todos los tiempos cuya palabra clave para describirla, a mi criterio, es: seducción. Seducción, como ya te intentaba definir, aún sin saberlo, en el trayecto a su proyección unas tres horas y media atrás.
¿Cómo no volver a mencionar esos tres términos que propuse previamente para (aún sin haberlo visto nunca antes) el film del día: seducción y [el eterno juego del] abandonante/abandonado.
Ciudadano Kane, tan solo un norteamericano como intentaba autodefinirse en vida, aún sin serlo porque sólo teníamos a ese otro: un hombre a quien le habían robado la vida para poner en su lugar el poder del tener personificado. Un hombre sin vida, sin su ser, el que hubiera podido existir si sólo seguía su cause de niño-que-juega-en-la-nieve-con-su-trineo.
Ciudadano Kane nos seduce, digo desconocido lector, no sólo por su imagen que se sirve de cuanto recurso ya hubiera inaugurado la historia del cine previo a su estreno (La profundidad de campo, los primeros planos y sus relaciones con otros planos sucesivos- Reviso el celular y respondo tres mensajes que no oí, pero lo pienso y este es un “ruido” que interfiere, sin embargo, el fluido de estas líneas- las tomas en picada y contrapicada, los reflejos en los espejos, los fundidos y las luces, el empleo del sonido, tanto como el guión con su secreto y el personaje protagónico mismo, a quien aún pensándolo de ficción por la exageración de sus rasgos, fue seduciéndome de tal modo que al desvanecerse en el negro humo de la chimenea de esa gigante boca-estufa (pieza final del rompecabezas) consume todo aquello que no pudo ser Charles Kane (Ese frío, hierático hombre que no pudo siquiera sostener sus propios principios, impuestos por otros en verdad, para sí).
Es imposible para mí escribir acerca de este film sin mencionar a mi tío M, quien autodidacta hasta no hace mucho me hubiera comentado hace más de diez años atrás acerca de esta belleza, la cual no podía ni debía perderme, a su decir y, quien no se equivocó puesto que, de todos los films que vi desde el año pasado éste es el primero que relaciona de tal manera lo visible, lo audible, lo narrable- lo sensible al fin- al punto que se me hace insuperable por algún otro.
Mi larga jornada que empezó a las 4:30 am con tan sólo dos horas de sueño anteriores no me impide, sin embargo, querer encender mi PC para comenzar a pasar estas líneas.
Nunca hasta ahora quedé tan fascinada por el séptimo arte como hoy. Existe- sí- un amor muy profundo que contiene en sí mismo el difícil arte de seducir sin por ello llegar a ser abandonante/abandonado… Orson Welles así me lo termina de enseñar, estimado lector ignoto.

Orson Welles, Citizen Kane (El ciudadano/Ciudadano Kane), 1941

Las personas sí existen


[Prefacio]

¡Qué paradoja! Estoy borrando parte del documento del Ciclo del Cine Forum- 2008 y para no perder el formato del texto al retomar, de pronto me queda la frase con la que inicié estas líneas el año pasado: “El Ciclo de Cine Forum que hoy comenzó tiene un prefacio para mí. Podría haberlo escrito exactamente ocho días atrás, cuando fui a ver El retrato de Jeannie por primera vez sola al Madre Cabrini…”. Volver a empezar, que no se acabe el juego, volver a intentar que no se apague el fuego, queda mucho por andar… Otra vez las letras del memorable tema de Alejandro Lerner en mi cabeza y ahora sí, ahí va, empiezo la trascripción de mis manuscritos en código binario.

26/03/09
[En tiempo previo al film]
He estado meditando desde hace unas horas y al fin decido comenzar estas líneas con un lápiz, quizás por su cercanía al boceto, el ensayo previo de aquello que dará inicio a este nuevo Ciclo de Cine Forum… ¡Oh, el del 2008!
¡Cuántas emociones evocan de pronto en estas marcas del grafito sobre el blanco papel!
Una semana atrás, aquella directora de escuela primaria, delgada y bronceada, rubia ella, muy artificial, con su mirada de ojos azules y su mueca de forzada sonrisa me decía mostrando buena parte de su dentadura: "¿Sabés qué pasa Clarita? A este sistema no le importan las personas, las personas no existen en este sistema…"
Hoy, firme en mi postura de ayer frente a mis colegas vuelvo a enunciar: Las personas sí existen. Existen los chicos, existimos nosotros, existo yo también.
Me niego a ser reproductora del sistema (Si es que hay sistema)… Creo que algo de esto que vengo pensando y afirmando encontraré en el film que en breve veré… Veamos, mientras llego leeré un fragmento más de Una educación sensorial de Rafael Argullol:
“Cada época ha reproducido su propio infierno de la carne…”, leo.

[Luego del film]
Y ahora sí, deliberadamente, y tras revolver de mi cartera (debe haber un agujero negro aquí porque lo que busco desaparece y aparece cuando se le da la gana] descartando los tres bolígrafos azules, empiezo este escrito en lapicera negra…
Por una razón bien determinada la canción Aurora, la que debiera poseer bellas letras hacia la Enseña Patria, de la Patria a la que elegí pertenecer, mi Patria, jamás me provocó otra sensación que no fuera de dolor, desde que, con lágrimas de honda pena por la nostalgia tuviera que entonarla en aquel colegio católico todas las mañanas al izamiento de la bandera a media asta, allá por junio de 1982 luego de mi regreso a Rosario. Y esta noche, al final del film Garage Olimpo, como corolario del horror de mi Patria, de mi dolor, del dolor de mi historia de familia deshecha tras el autoexilio para sobrevivir.
Veo todos estos jóvenes regresando de sus estudios en el colectivo, con sus carpetas y cuadernos espiralados oficio pendiendo de sus brazos derechos que contemplan el movimiento del exterior desde las ventanillas y pienso nuevamente: Las personas sí existen. ¿Acaso en el film de hoy, Félix el verdugo y captor no le dijo a María, víctima de secuestro, acá las personas no existen?
Y volvieron las palabras que pronunciara aquella directora de escuela primaria desde su escritorio, mientras apoyaba sus dos manos sobre éste para afirmar su sentencia con total vehemencia.
Algo ha pasado, este hombre de unos sesenta años me mira serio desde su par de anteojos de cristales fotocromáticos, con una bolsa de medicamentos pendiendo de su mano izquierda y sigo pensando: Algo ha pasado…
Si alguna vez hubo un operativo para limpiar las conciencias de todo vestigio de pensarse a sí mismas, a sí mismos y al otro como personas, quiero no pensar que ese tal operativo, macabramente tuvo éxito. Quiero pensar que ese éxito sólo lo es en parte porque las personas sí existimos, aún con el dolor de nuestros desaparecidos.
Es momento de hablar de ello de una buena vez.

Marcos Becáis, Garage Olimpo, 1999

Mi fiesta inolvidable

20/11/08Y, ¡Vaya que sí la tuvo! Aunque, hoy prefiero escribir con esta lapicera de tinta azul como los sueños, a una semana de La fiesta inolvidable. Sobre esta mesa se hallan dispersos todos los catálogos y mis escritos sobre los films que vi a lo largo de los más de cuatro meses, también está el célebre texto de Michel Foucault, Esto no es una pipa, con la banda de sonido original de las películas de Federico Fellini de fondo. Justo el tema 8- La dolce Vita- con un sonido acompasado casi al ritmo de los latidos de mi corazón.
La dolce vita… ese film que no vi pero, que lleva implícita esa escena de una tal Anita mojándose en la Fuente de Trevi, según me contara Emilio, y que se relaciona tanto con mi performance de marzo de 2005 en la Fuente de las Utopías donde, a pesar del deseo del público, no pude desnudarme. Mucha agua ha corrido entre mis manos y mis pies desde entonces y, pude desnudarme de otras tantas maneras en mis obras.
Hace quince días pensaba que no iba a poder estar presente para el cierre del Cineforum 2008, no obstante, los hechos se sucedieron de tal modo que allí estuve celebrando mi cumpleaños con todo el publico y sus aplausos pero, sobre todo con La fiesta inolvidable, ese film (ahora suena Bocaccio 70, ¡Cuánto me he perdido!) en que un inocente actor indostaní encarnado en Peter Sellers comete accidentalmente toda una serie de enredos insólitos que se desenlazan del modo más inesperado también, hallando el amor.
El amor, el amor, siempre oculto para manifestarse aún en lo absurdo y terminar nadando entre burbujas de espuma. El amor, tan etéreo y escurridizo como pompas de jabón. Y el arte, esa ilusión que si entra en el terreno de la realidad nos muestra que estamos perdidos, el arte ha de seguir siendo precisamente eso: ilusión.
“Acorralando por dos veces a la cosa de la que habla, le tiende la trampa más perfecta” leo entre las páginas de Foucault al azar. Todos estos films me han hablado del amor y lo han acorralado mucho más que dos veces.
Luego de Magritte, sigue Foucault, “Llegará un día en que la propia imagen con el nombre que lleva será desidentificada por la similitud indefinidamente transferida a lo largo de una serie. Campbell, Campbell, Campbell, Campbell”. Yo reemplazaré por “Amor, Amor, Amor, Amor”. La serie me recordará que la comedia será entonces la tragedia varias veces repetida y reiré al fin.
Ya no perderé ocasión de encontrarme con este mundo nuevo que se abrió para mí y, el año entrante, desde el verano volveré al Madre Cabrini para seguir viviendo en esa frase de Jeannie “De ningún lado vengo, a ningún lado voy” porque estoy aquí, me quedo aquí en este antiguo templo de Humanidades (Está sonando Roma y recuerdo las vistas aéreas de la ciudad en los grabados de Piranesi) como una nueva sacerdotisa del séptimo arte, el cine.
¡Ah, el cine! ¡Cuánto mundo por explorar! De pronto me veo bella subiendo por el sendero de la joven costurera china.
Nada más real que esta dulce ilusión, ¡Cuánto placer! Y Vitelloni se mezcla con estas lágrimas de emoción rodando por mis mejillas, The party fue hecha a un año de mi nacimiento.

Blake Edwards, La fiesta inolvidable (The party), 1968

Pensar en el más acá

13/11/08
Intento escribir con esta lapicera pero, casi ya no tiene tinta. La cambio… Este bolígrafo chino que compré a un vendedor ambulante en uno de los cuatro colectivos que tomé hoy, quizás tenga algo de tinta para escribir hasta el final de este ciclo.
“Antes que pensar en el más allá prefiero seguir pensando en el más acá”- decía el profesor de teatro que hoy fue con su grupo de alumnos al debate posterior al film del día, o mejor de la noche.
El sentido de la vida pone en foco lo absurdo de la vida misma, con sus rasgos grotescos, mordaces, humorísticos y ácidos al extremo. La risa- ese espasmo involuntario que nace de las contradicciones- emergió hasta provocarme el dolor proveniente de unos músculos abdominales sin ejercicio durante toda la película, desde el corto de presentación donde irónicamente los viejos- con sus no menos viejos modos- abordan literalmente cual piratas y saquean a los jóvenes en sus rascacielos fastuosos.
No pude evitar pensar en esta sensación de longevidad que me invade por estos días previos a mi aniversario número cuarenta y uno. Precisamente, el jueves que viene último día previsto para La fiesta inolvidable será también la memorable fiesta de cierre del Ciclo de Cineforum, a la cual asistiré aunque sea de manera virtual, ya que en cuerpo no estaré presente.
Hay, sí- quizás se note- un dejo de tristeza en estas líneas, pena que sobreviene cuando la magia termina, o al menos la creemos terminada.
“Nada es para siempre, nada es para siempre, no me digas, mi amor, que te falta valor, porque nada es para siempre”- Son las letras de la canción de Fabi Cantilo pero, también está la otra de Gustavo Cerati que me ha enseñado mucho: Poder decir adiós es crecer.
He crecido mucho gracias a este ciclo donde descubrí el mundo una vez más por el camino del arte. El cine me permitió abrir un poco más esa puerta entreabierta/semiabierta de mi ser y, conocí por él un mundo hecho de retazos como el film de hoy, donde los lenguajes del cine, la televisión, el teatro, el videomontaje, la animación virtual y hasta la propia gráfica pueden concatenarse para manifestar lo bello como variedad en la unidad.
Vuelvo al comienzo y recuerdo aquella fría noche de julio en que fui casi como una espía, no sin timidez al Cine Madre Cabrini. De ningún lado vengo y a ningún lado voy- decía Jeannie a su enamorado.
Vuelvo a esta calurosa y casi veraniega noche del final de la primavera y, las palabras de Jeannie abordan este presente casi como el fragmento corsario del corto de presentación invadiendo el cuerpo principal de El sentido de la vida ya cerca de la última etapa.
No podré, sin embargo, decirle adiós al cine, sólo será con el inolvidable Cineforum 2008.
De ningún lado voy, a ningún lado vengo y ¡Este bolígrafo chino increíblemente aún tiene tinta!


Ferry Jones, The meaning of life (El sentido de la vida) de Monty Python, 1983

Danza con La Parca

06/11/08
Una nueva página para escribir acerca de este Ciclo de Cine Forum que ya casi culmina y, también un nuevo ciclo para continuar aquello que hubiera comenzado casi medio año atrás. Cuento con muy poco tiempo para hacerlo, sólo el trayecto de este taxi que hará más veloz y seguro mi retorno a casa.
Hoy venía de la pre-inauguración de la exposición Tiempos Modernos en la Biblioteca Argentina, digo pre porque por razones obvias no me permití quedarme hasta más allá de las 20 y, elegí ver completo este film de Woody Allen, que como todos sus films (o al menos los otros tres suyos que vi) me hacen reír por lo imprevisto de los sucesos, por el absurdo.
Todo el tiempo, no obstante, me remitió este Amor y muerte, la última noche de Boris Grushenko al film del jueves pasado. Muchos interrogantes más se han abierto e iluminan fuertemente esa puerta entreabierta- semiabierta- que representa el ser para Bachelard: ¿Cuándo la irrupción de los acontecimientos inesperados en lo familiar deja de ser siniestro- si alguna vez lo fue- y se transforman en manifestación conductora a la hilaridad inmediata?
Alguna vez reí al oír que alguien me dijo: “La comedia es la tragedia varias veces repetida”…
(Me río también al verme de pronto en este taxi y me pregunto qué estará pensando este hombre de mí escribiendo casi a oscuras aquí atrás).
Cuando uno o más acontecimientos irrumpen reiteradamente pareciera, entonces, que sobreviene el humor: el grotesco.
Baudelaire diferenciaba un grotesco relativo de uno absoluto… (Estoy llegando).


[Seis días después]
Llegué pronto ese jueves, hoy, casi una semana después continúo (y la escritura se prolonga más allá de los límites temporales auto-impuestos). Aquella noche hacía referencia al tratado sobre la Esencia de la risa y, de lo cómico en las artes plásticas de Charles Baudelaire. Allí toma como eje el elemento inasible de lo bello que aparece inclusive en obras que representan la fealdad moral y física del hombre que, en tanto espectáculo lamentable excita en él una hilaridad inmortal e incorregible y, las lágrimas como la risa son hijas de la pena que han venido porque el cuerpo del hombre enervado carecía de fuerzas para contrariarlas.
La risa es satánica, es profundamente humana- sigue, y noto que aquello que me diferencia de mis mascotas después de todo no es mi capacidad de raciocinio, aquella elevada capacidad de pensar como premisa de los humanistas: Existir como una piedra, vivir como una planta, sentir como un animal o pensar como un hombre. Lo que me diferencia considerablemente de mis dos mascotas es mi capacidad para llorar o para reírme de mí misma, aún reírme de mi propia muerte aunque me de pena.
En el film descubrí que la inminencia de la propia muerte puede tomarse como chanza también y no por ello esta visión tiene menos impacto que el provocado por el film Tiempo de vivir.
Tiempo atrás descubrí que la comedia ha sido desvirtuada en el teatro como género menor frente a la tragedia a lo largo de los siglos. Conocí la riqueza de este género que trata mucho de las miserias humanas a partir de Aristófanes, y tanto fue así que en épocas de profundas depresiones llegué a orarle casi como a un santo para que me devolviera la risa, mi risa.
Aún, a veces, sigo convocándolo: San Aristófanes, San Aristófanes, hacéme imaginar una situación cómica para devolverme mi risa. Es una frase mágica puesto que su sola ocurrencia sigue provocándome ese espasmo involuntario al que alude Baudelaire.
La risa es un sentimiento doble o contradictorio y esto provoca la convulsión, su síntoma. Mientras lo cómico es expresión de la idea de superioridad del hombre sobre el hombre, lo grotesco es expresión de superioridad pero del hombre sobre la naturaleza. Allí reside la distinción que hace Baudelaire de lo cómico relativo o significativo- el primer caso- con respecto a lo cómico absoluto: el grotesco que tiene comprobación en la risa.
En este film de Woody Allen hay, a mi criterio, mucho de alusión a lo grotesco porque el foco en la muerte de Boris Grushenko es expresión de la idea de superioridad del hombre sobre su propia naturaleza que lo desenmascara como ser finito.
La Parca lo engañará finalmente y Boris irá a cumplir su sentencia con total inocencia. Es lo que a diario La Parca me hace a mí, pero danzo con ella por ese sendero en perspectiva con dos puntos de fuga flanqueado por las copas de los árboles.

Woody Allen, Love and Death (Amor y muerte, la última noche de Boris Grushenko), 1975

Actuar para vivir

30/10/08
“¡Si sabés que en cualquier momento vas a desaparecer, qué se yo, podrías haber hecho más cosas!”- Así se expresó hoy un muchacho muy joven en el debate posterior al film que nos dejó mudos a todos, o casi a todos. ¡Qué frase tan irónica!. Por mi parte agregaría “¡Si todos supiéramos que en cualquier momento vamos a desaparecer, qué se yo, podríamos hacer más cosas!”, ¿Es que quizás todos quienes hoy estamos aquí no lo hacemos en El tiempo que resta, tal el título de la película en francés traducido al español?
Efectivamente, estamos en un nuevo siglo-milenio en el cual se ha instaurado- como hablé en el debate- un nuevo tabú: el de la muerte.
El director nos expone la realidad de una cultura aún ajena para nuestras convenciones. Una cultura en la cual la diversidad sexual pone en foco al menos dos respuestas para el gran interrogante que me atrajo por su belleza: ¿Qué es el sexo?. Aquí serán: El sexo es para gozar y el sexo es para procrear y, dos nuevas preguntas se abrirán: ¿El sexo tendrá como límite la descendencia? ¿El sexo habrá de tener como fin último la trascendencia?
De algún modo, el protagonista del film trasciende finalmente con la aceptación de la muerte, pero también con la reconciliación consigo mismo, con su niño interior, además del azar manipulado como oportunidad para perpetuarse. Pienso si no será esto lo que nos estará faltando como sociedad.
No puedo olvidar el temor que sentí hoy, cuando en el viaje en colectivo para ir al Cineforum, esos dos jóvenes bajo los efectos de las drogas manifestaban allí un comportamiento siniestro y, en mi reflexión posterior que me llevó a cuestionarme qué estamos dando como sociedad a nuestros jóvenes. Mucho de nuestras frustraciones y de nuestras negaciones, según veo.
Tomo un fragmento del texto El negro cerebro de Piranesi de Marguerite Yourcenar que me encontraba leyendo por enésima vez en el ómnibus mientras me invadía el temor a ser atacada por esos dos jóvenes enajenados: “No podemos dejar de pensar en nuestras teorías, en nuestros sistemas, en nuestras magníficas y vanas construcciones mentales, en cuyos recovecos acaba siempre escondiéndose un condenado… ese mundo ficticio y, no obstante, siniestramente real, claustrofóbico y, sin embargo, megalómano, no deja de recordarnos aquel en que la humanidad moderna se encierra más cada día, y del que empezamos a reconocer los mortales peligros”.
¿Cómo trascender la propia muerte sino dejando huellas?. Registrando, quizás, en un acto desesperado, como las lágrimas bajo la lluvia del replicante de Blade Runner, aquellos momentos vividos que se fugan en el tiempo, congelándolos en ese instante del eso- estuvo- ahí.
La fotografía conlleva la muerte, según Barthes y, no es casual que Franctis Ozon haya elegido ese mecanismo de registro para tratar el tema mismo de la muerte, a mi criterio el eje principal de este film donde es la imagen visual en sí la co-protagonista del relato.
Imágenes de cuerpos tomados como paisajes- que me recordaron a mis paisajes corporales- sobre fondos en fuera de foco, desdibujados en los reflejos de los espejos o en los vidrios de las ventanas. Aparece otra vez la cuestión del cuerpo, de la piel, en mis reflexiones, pero en ésta lo hace como imago, con todo aquello que la etimología del término pueda llegar a deconstruirse hoy.
Rondará nuevamente otro interrogante a partir de ahora: ¿Qué es el cuerpo? O mejor, ¿Cómo vincular sexo, muerte, cuerpo?
Hasta aquí llegué hasta hoy.

[Post- escritura] Por primera vez un film me mueve tanto que me lleva a escribir más allá del tiempo que me demanda el regreso a mi casa. Faltó algo más.
La muerte no nos inmoviliza. Muy por el contrario, es lo que da sentido y nos hace vivir. Quienes percibimos que la muerte es inminente- aún sin saber el momento preciso en que llegará, después de todo quién lo sabe- nos aferramos a la vida y la honramos con lo mejor de nuestros actos. Como en la letra de la canción de Baglietto: “Digamos mejor que es necesario actuar para vivir”.

Franctis Ozon, Le temps qui reste (Tiempo de vivir), 2005

Desocultar lo oculto

23/10/08
Las acciones mudas, así retraduzco a mi español el título de El hada ignorante, por centrar mi atención en esas dos obras de arte que unen los dos mundos de Antonia y Michelle, el encuentro abrupto en principio y que se va haciendo familiar después.
Cuando en la regularidad de aquello que es familiar irrumpen uno o más acontecimientos inesperados, extraños, aparece lo siniestro y da terror.
Esa imagen del cuadro que, luego en el debate me entero que se trató de una obra pintada por el mismo Özpetek da cuenta de lo siniestro. Unos ojos oscuros sin mirada, ojos espectrales en un retrato sin boca en el anverso, oculta en su reverso el registro de la palabra escrita y el desocultamiento de un secreto, tanto como el libro de poemas que Massimo hubo de ir a comprar en el pasado para su esposa y que lo llevó a encontrar una historia de amor con Michelle.
Al final se enuncia la libertad para Antonia en el collar de su tía, es su conquista y, pese a descubrir la dolorosa verdad de la ambivalencia en la vida de su esposo muerto guarda ahora en sus entrañas una vida nueva a partir de su aceptación y del respeto por la verdad del pasado.
Nada hubiera sucedido sin que mediaran estas dos obras. Todo un universo colectivo hallado en los márgenes, en el parergon de la obra de arte. Tanto como en este bellísimo film del director turco, puente entre dos culturas disímiles: la oriental/la occidental, la heterosexual y burguesa/la gay y popular, la masculinidad/la feminidad, el libro/la pintura.
Es la verdad en pintura. Nada habrá a partir de ahora que no sea desocultar aquello que estaba oculto, aprender a decir mi palabra.


Ferzan Özpetek, Le fate ignorante (El hada ignorante), 2001

Diversidad

16/10/08
Un film entrañable, que apela permanentemente a la emoción- Así puedo sintetizar Transamerica- luego de quince días en que realmente extrañé este ciclo cinéfilo semanal- donde cada uno de los protagonistas reconstruye su propia historia para aceptar y elegir la transformación.
No es curioso el inicio con ese personaje modulando su voz para intentar encontrarse con la propia y, un final en que la propia voz es encontrada en el diálogo con el otro.
Un grito casi, emergiendo de las fauces de Bree, la trans que negocia con los límites aceptables para el sistema en pos de su- así la cree hasta entonces- más grande transformación, no podría siquiera imaginar que un incidente tal como el reencuentro con un hijo no reconocido de una parte negada de su propia historia y, la enmienda, el resarcimiento que iniciará con ese viaje en auto de varios días hasta el lugar de destino común. Tendrá, sin embargo, que recurrir a la máscara en principio para acercarse a su hijo y, se generarán una serie de conflictos.
Ella insiste primero en pasar por el pueblo donde se había criado Toby (quien seguiría llamándose así y del cual nunca sabremos su verdadero nombre aunque, en algún momento él mismo haya pensado para sí en otro seudónimo) y ambos reconocerán y compartirán la realidad de un pasado tortuoso para Toby, quien fuera abusado sexualmente por su padrastro.
Luego, el sitio elegido será la casa natal de Bree, con sus padres y una hermana quienes también son parientes de Toby y que, tras enfrentarse a la verdad, también serán reconocidos y compartidos, aunque Toby decida huir de allí, al final, vuelve a buscar a su padre- madre.
Esa imagen final del film tan íntima de ambos protagonistas compartiendo una charla en la escena llena de intimismos lograda con una toma casi con veladura.
Es notable el cambio que se opera en la propia mirada con respecto a la figura trans. Cuando al comienzo del film Bree se va revistiendo de atributos considerados socialmente como femeninos, las tomas de planos de detalle de su cuerpo culminan en su rostro que se hizo grotesca. Pero, al final es tal el grado de aceptación, que lo vi bello. El personaje me inspiró ternura.
Me hizo reflexionar mucho este film, en especial la charla brindada por el Dr. Fernando Costa en el debate y su frase: “Para hablar de diversidad, primero hay que aceptar las diferencias, que las hay porque no existe la homogeneidad” y, en el peso que tiene hablar en términos de normalidad o anormalidad, polarizaciones del siglo XX que han hecho y aún siguen haciendo mucho daño.

Duncan Tucker, Transamerica, 2005

¿Qué es el sexo?

02/10/08
No puedo continuar sin hacer el mea culpa por no haber asistido a la emisión del film del jueves pasado, aunque me parece que haber contenido a mi otra hermana bien valía el sacrificio…
Hoy se inicia un nuevo ciclo con este film encantador que, como tal me sedujo e impidió que lo viera con esta otra perspectiva, la de la óptica de género, así prefiero pensar a la homofobia en general.
Me ha quedado muy marcada esa escena del recorrido visual de David por las calles de La Habana y esas frases suyas “El sexo, siempre el sexo”. “El sexo no se sublima” como diría Freud, según mi terapeuta, aunque en el debate descubrí que hay una parte que sí se sublima y es lo que permite la producción cultural.
Pero, ¿Qué es el sexo? ¿La genitalidad? ¿La heterosexualidad? ¿La homosexualidad? ¿El machismo, el feminismo? ¿Las luchas de las organizaciones gay, lésbicas y trans? ¿Las de la Liga de la decencia o de la Acción Católica?
No es un dato menor la presión de las instituciones sobre los individuos: el matrimonio, la familia, la escuela y la institución social en general. Una presión- prisión que se vale de estereotipos y así surgen otras grandes preguntas ¿Se nace mujer? ¿Se nace hombre? ¿O es el peso de las instituciones el que deja huellas marcadas en la vida de la gente?
No es tampoco un dato menor recordar mi zona generativa, mi nacimiento oculto en un matrimonio obligado en otro país impuesto y, las consecuencias que eso trajo aparejadas a mi identidad.
“El sexo, siempre el sexo”. Pero, ¿Qué es el sexo?
Una pregunta que no logro responder por ahora, una pregunta que es bella así, sin una respuesta porque tiene muchas.

Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, Fresa y chocolate, 1993

Texturas naranjas

11/09/08Y hoy estoy destemplada, el helado viento sur y la falta de sueño en un día post-festejo por el día del maestro contribuyen a aplastar las palabras escritas con esta lapicera negra sobre el papel en blanco tras la visión de Missing, memoria de la historia del horror de nuestros destinos latinoamericanos, arrastre de abusos de estirpes condenadas a cien años de soledad que, sin embargo, y a pesar de Gabriel García Márquez, aún tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.
Nada es para siempre y, es esa sentencia que no tuvieron presente quienes abusaron de la vida y la dignidad de la gente, quienes abusaron de su poder sin límites.
La muerte prueba que la vida existe. El número de víctimas desaparecidas quiere ser sólo un número en la historia de nuestros pueblos hermanos y escapar a la constatación de la vida. ¿Qué es un desaparecido sino quien ha sido despojado a toda posibilidad de ser imagen, cuando la imagen misma es la aparición, el imago, el phantásmata? “No me importa cómo me devuelvan a mi hijo, vivo, muerto o en pedazos, pero quiero que me lo devuelvan”- inquiría el padre.
Escuché detenidamente cada palabra del Prof. de Historia en el debate y, descubrí un trozo de historia inédito para mí pero a la vez familiar, descubrí también en sus palabras el dolor del exiliado, del despojado de su tierra y de quien, aunque haya vuelto, ya nunca será al mismo lugar, como el niño que adulto regresó a su pueblo en Cinema Paradiso.
El film resuelve el dolor del vacío que produce la ausencia sin el cadáver como presencia. La presencia de la ausencia de todo desaparecido víctima de dictaduras.
El padre da con el cuerpo de su único hijo y, aunque duela saber que ya está muerto, se sabe que está muerto, que lo asesinaron porque hay cuerpo, materia, residuo.
Así es en la ficción de la película, más sé que en la cotidianeidad no hay finales felices para los familiares de desaparecidos.
Estoy llegando a mi casa… Intentaré dormir pensando en quienes ya nunca más podrán hacerlo y recordando la primera escena de texturas naranjas de la memoria.

Costa Gravas, Missing (Desaparecido), 1982

domingo, 10 de mayo de 2009

Belleza sin precio

04/09/08
Hay tres modos de abordaje del cine: como historia, como modo de representación de la historia y como cuento, narración.
Aquí aparece el doble exilio del narrador, el exilio interno y el externo. Los protagonistas son hijos de intelectuales.
Los libros muerden. Efectivamente, dejan huellas, dejan marcas. Éstos son personajes que pudieron escapar, es la capacidad liberadora del arte.
En la joven costurera se produce una reeducación para arriesgarse a conquistar el mundo. A partir de la lectura de Balzac cambia no sólo su forma de vestir sino la forma de relacionarse con los otros.
El arte permite que no sea definitiva la contradicción entre la ciudad y el campo. Es el arte permitiendo que estos mundos que son diferentes puedan comunicarse.
Los personajes, sin embargo, no están hablando desde el resentimiento, no hay ajustes de cuenta, sino aprendizaje.
¿Por qué la elección de Mozart el otro artista puesto en foco en el film a través de su música? Intertextualidad, conjunción entre distintas artes.
“La belleza de una mujer no tiene precio”- dijo uno de los protagonistas al ver ascender a la joven costurera china por ese sinuoso sendero… y de otras tantas frases del film como aquella “un corazón sincero puede hacer brotar flores de las piedras” quiero comenzar a escribir hoy. Y, más allá de la versión fílmica o que de la protagonista en su vida real se tengan datos de haberse ido a Hong Kong o no, tomo y resalto esa frase final como disparadora: “La belleza de una mujer no tiene precio”.
¿Qué podría yo comprender como belleza de una mujer sino el descubrimiento del mundo gracias al arte? No puedo evitar pensar en Eva y su Adán ocultos tras los arbustos, tapándose ante el descubrimiento de su propia desnudez.
La costurera cambió notablemente, algunos podrán pensar en términos de valoraciones y asignarle un para bien o un para mal. Aunque, yo destaco el cambio por el cambio mismo y es en él donde logro la auto identificación.
Pero no puedo escribir otra vez…

Dai Sijie, Balzac y la joven costurera china, 2002

Sapos y perlas

28/08/08
He aquí una historia de amor verdadero. El amor es así, duele.
Se trata de una historia de amor salida de los cánones clásicos pero no por ello menos verdadera.
“El arte es ilusión, si entra en el terreno de la realidad estamos perdidos” afirma Baudrillard, y este film desconcierta. Una mujer distante, digna de adoración como le expresara el protagonista, su enamorado, la adoración a un objeto de culto peligrosamente seductor en sus lados oscuros.
Dos enamorados que nada tienen en común con una Love Story, ya que el juego de las oposiciones es tan fuerte que se hace por momentos demasiado real. Recuerdo aquella frase: “El ser humano es imprevisible, somos imprevisibles porque estamos hechos de libertad” y, aquí el amor que había comenzado en un espacio y lugar cálidos pero, aún sin la suficiente firmeza como para hacerse cercano, lo hizo al fin en un ámbito sumamente frío y hostil, hasta en medio de una nevada, aunque más ardiente que nunca.
“Te amo”, le dirá Marion a Louis Mahé. “Te creo”, serán las palabras finales de su incondicional enamorado.
“¿Sabes qué sale de tu boca cuando eres mala?. Sapos. Sí, sí. Sapos… Y cuando eres buena, collares de perlas”. Los sapos que salen de la boca de Marion cuando es mala me recordó a mi lado escuerzo. Esa protección que de nada me resguardaba en el pasado.
Me pregunto por qué Truffaut opuso un ser viviente para lo malo a un objeto inanimado para lo bueno. Noto, ahora que lo pienso, que la perla como formación calcárea realizada por el animal para defenderse de un elemento hostil no es- después de todo- una metáfora inapropiada de la risa como atributo de la bondad en este personaje por momentos sumamente cruel, como es Marion.
Por otra parte, distinguí ciertos motivos que se repiten en los tres films que ya vi de este director. La velocidad de los transportes: trenes bala, aviones, transatlánticos hacen su aparición en momentos clave y, siempre son destacados, no pasan inadvertidos. Asocio este motivo con La revolución de los transportes de Paul Virilio. La velocidad con que el hombre se transporta puede provocar accidentes de magnitudes directamente proporcionales y, en este film, como en los anteriores de Truffaut no dejan de ocurrir accidentes que hasta podrían dar cuenta de la Teoría del caos, nada de lo esperable puede ocurrir…
No logro terminar de escribi…

Francois Truffaut, La Sirène du Mississipi (La sirena del Mississipi), 1969

La única llave

21/08/08
Hoy voy a comenzar por el final magistral de Tuyo es mi corazón, esa escalera ascendente secundada por un par de farolas a cada lado y, en un único punto de fuga, la puerta allí arriba iluminada, con las siluetas de los verdugos, los nazis, que esperan a Sebastián con una suerte de castigo divino ante el accionar desalmado de un esposo traicionero y, la pareja de enamorados de éste lado, en fuera de campo, salvada por el poder del amor.

No puedo tampoco omitir las dos citas del film que reconocí inmediatamente en otros dos relativamente actuales.
El primero, que es más evidente, se trata de esta Alicia que reconozco como una Nikita enamorada de ese despiadado Devlin quien no se inmuta en lo más mínimo, por cumplir con su deber (la cuestión del deber tan tratada en Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime- Fundamentación de la Metafísica de las costumbres, de Kant, que estoy leyendo por estos días) y, la otra cita, aunque paródica la encuentro en aquella comedia de los años 80, Una chica al rojo vivo, en la cual aparece esta misma escena de la pareja cabalgando, con una Alicia con traje de montura y un sombrero cubriéndole medio rostro y, luego, hincando el caballo para salir al galope.
Ahora, leo el fragmento del libro El cine según Hitchcock de Truffaut: “La historia de Notorious es la del riesgo-conflicto entre el amor y el deber”.
Notorious hace notoria cómo abrir y cerrar, o cerrar y abrir, la puerta del conflicto con la Única llave, la del amor verdadero.
Si Sebastián evidenciaba un amor más profundo que Devlin por Alicia, no supo rescatarla de la situación tras descubrirla como agente secreto y, la entregó en manos de su propia madre por salvar sus apariencias y su pellejo.
Podríamos pensar que Devlin ha cumplido con su deber hasta la última instancia, cuando rescata a Alicia, pero el diálogo entre ambos protagonistas dejaría en claro, en mi opinión, que la potencial huida de Devlin a España, por no poder soportar el dolor de ver a su amada en los brazos de otro fue aplazada porque no podía hacerla sin saber qué había sido de ella.
Notorious me remite a lo evidente y, Devlin al menos empleó en dos momentos de suspenso actitudes evidentes como medio de salvar las situaciones ocultas. La primera, en la bodega cuando permite que Sebastián los viera besándose para desviar la atención con la obviedad y, la segunda, cuando baja las escaleras con Alicia moribunda en brazos y el juego de palabras obvias empleadas para escapar.
El secreto del amor tan íntimamente guardado por ambos protagonistas, es por lejos, sin embargo, lo más notable para mí.
Las razones de que así sea, aún seguirán permaneciendo obtusas.

Alfred Hitchcock, Notorious (Tuyo es mi corazón), 1946

sábado, 9 de mayo de 2009

La novia viuda

14/08/08
No puedo esperar llegar a casa y ponerme los lentes, que hoy me olvidé, para escribir acerca de este film de Truffaut, el cual vi mejor que ninguno hasta ahora, aún sin ellos.
Nada menos que el tema del matrimonio frustrado por causas de irresponsabilidad de un acto externo, como motor de la venganza- justicia de July.
July, esa protagonista de mirada hierática cuyo nombre todos conocemos pero, que es tan genialmente transformado en fantasma que hasta nos preguntamos junto con las víctimas quién es, cómo se llama esa mujer, dónde, cómo y cuándo pasó a ser la viuda y dejó de ser la novia.
Me ha conmovido una de las últimas frases de la actriz Liliana Gioia quien encabezó el debate final luego del film: “Es la imprevisibilidad de lo humano. Somos seres imprevisibles porque estamos hechos de libertad”.
Veo de pronto que esta lapicera con que escribo es negra y las letras de estas líneas resaltan sobre el fondo blanco del papel.
Llevo el fantasma de la carga de la viuda. Soñaba, al casarme, con el príncipe azul. En un sueño reciente me decía a mi misma “Yo era la mejor esposa que un hombre puede tener”. Al recordar mis propias palabras en sueños no puedo sino asociarlas con la pena de July y el final maravilloso del film en fuera de campo trayéndome esas otras palabras en off del mismo sueño “y todavía podés seguir siéndolo…”.
Por eso me digo: Clara, la novia vestía de negro.

Francois Truffaut, La mariée était en noir (La novia vestía de negro), 1968

El vértigo de la realidad

07/08/08
La necesidad tiene cara de hereje, afirma el dicho y, así fue hoy, que tuve que optar por tomar el reemplazo en la escuela justo cuando salía en dirección a la Facultad para ver el film de la semana. Pero, llegué a tiempo para gozar de la segunda parte y ver a esa mujer desesperada por satisfacer a su amado al punto de permitirle transformarse en la mujer que él había, y aún seguía amando.
Ella habría de caer al abismo de la manera más insospechada, sólo por un susto, sólo por el acoso de su propio miedo.
Sonó la campana.
“¿Sería capaz de soportar la mirada de sus ojos?”- Leo en el catálogo y, retomo el otro film que en parte también vi anoche, Modigliani quien le había dicho a su amada que sólo cuando la amara de veras podría ver a través de sus ojos el brillo de su alma.
Modigliani los había pintado finalmente.
El objeto cuando se encuentra de verdad es siniestro, te aniquila. Yo agregaría, te traspasa. Es el vértigo de la realidad.

Alfred Hitchcock, Vértigo, 1958

Libro abierto

31/07/08
Al fin pude volver a ver este film que me había impactado treinta y cinco años atrás, cuando yo sólo contaba con poco más de cinco años. Y esta vez pude disfrutarlo en toda la magnitud de los símbolos del color.
Sólo recordaba el final, ese núcleo de libros vivientes caminando por el parque- bosque bajo los copos de nieve, el rostro del protagonista, ese gesto de tristeza en los rostros, y la sensación de salvación de la palabra escrita devenida, ahora, oral.
Noto que en el film hay una contundente presencia de la imagen en tanto apocalíptica. Me parece que lo es en esas pantallas gigantes de televisión y en la revista de historietas sin texto escrito, único acceso permitido a la comunicación/incomunicación en ese mundo del totalitarismo.
Al rojo del cuartel de bomberos y de las imágenes del film en general se oponen el verde amarillo de una manzana, símbolo de la tentación y del pecado original, que termina casi consumida por la protagonista cerca del final de la película.
No he podido olvidar aquel acontecimiento que esta película significó en mi infancia, ya entonces conocía muy bien los alcances de una requisa. Tan sólo un año antes habían violentado mi casa en busca de libros “subversivos” que mi padre, supuestamente podría haber guardado allí. Quizás por eso haya quedado tan marcada en mi memoria la escena de los peoples- boocks. Pienso que a partir de allí tuve la necesidad de aferrarme a los libros del modo que fuera.
No quisiera, sí, que el libro que elegí para dejarle a las generaciones que me vayan a preceder sea repetido tal cual. Quisiera que quien tuviera el rol de transmitirlo no hiciera sólo eso, transmitirlo tal cual, quisiera que se pudiera seguir completando.
Mi libro no está cerrado. Tal cual una pintura, vale por su lectura, vale por aquello que de nuevo pueda agregársele.

Me sorprendo al descubrir que la protagonista lleva por nombre Clarisse, quien es considerada insociable por ese mundo totalitario. “Todo depende de lo que se entienda por social”- dice.

Francois Truffaut, Fahrenheit 451, 1966

Soy libre

10/07/08El Ciclo de Cine Forum que hoy comenzó tiene un prefacio para mí. Podría haberlo escrito exactamente ocho días atrás, cuando fui a ver El retrato de Jennie por primera vez sola al Madre Cabrini.
Ese cine suspendido en el tiempo me motivó a la belleza en una búsqueda sobre su otra cara, lo grotesco, que ya venía haciendo desde los inicios de este año.
Esa frase de Jennie “de ningún lado vengo y hacia ningún lado voy” detonó en mí la curiosidad por este arte, el séptimo le dicen, paradigmáticamente el número siete es mi número de la suerte y, qué fantástico que este nuevo mundo, el del cine, se abra de ahora en más en mi vida.
El hombre elefante me dejó otra señal, debo hablar, aprender a decir mi palabra, debo dejar de sentirme monstruo tal cual me sentí durante tantos años y, comunicarme.
Siento la misma felicidad que sentí al salir de la sala de cine más de una semana atrás. Asoma el placer de la libertad. Soy libre, debo poder gritarlo.


David Lynch, The elephant man (El hombre elefante), 1980