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"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

lunes, 17 de agosto de 2009

C/amiga

13/08/09
[Cuarto Piso]
Pedro Hermenegildo Gianzone, (Crucifixión) título tácito. Una consumida mujer con su hijo en brazos exhala junto con el último soplido del crucificado, casi como si aspirara ese final resquicio de vida. Es un óleo de 1,20 x 0,79 m realizado entre 1900 y 1947, ya que tampoco está fechado. En el horizonte, dos bocanadas de humo se entrelazan, ora verdes, ora rojas y se pierden en el cielo multitinte; abajo en la base de la cruz y a su derecha, unas pequeñas siluetas se arremolinan, son apenas esbozos de figuras, quizás aluden a cadáveres contorsionados.
Son fornidas las rosarinas que me miran desde todas las ventanas tras de mí y alrededor mío, son mujeres esposas, madres, delicadas jovencitas con un aire de nostalgia y pena, hay compostura en las poses sin embargo, reposando a la izquierda o a la derecha sobre la mesa, o quizás oteando tras el cortinado de alguna que otra ventana. Fornidas criollas posando, a veces desnudas con sus alhajas por único vestido, descansando sin pudores en toda su humanidad, o acaso tímidas ante la mirada de su voyeur.
Mujeres en su voluptuosidad dulcemente acariciadas por los sueños tras la lectura de algún libro de estampas de Renoir, con sus senos turgentes, se dejan exhibir pletóricas en un compuesto traje negro y solemne, coquetean cruzando sus tobillos mientras se abstraen en algún pensamiento que ruboriza sus rostros y dejan escapar una leve sonrisa naciente.
Francisca también coquetea con un ramillete de claveles entre los dedos de su mano izquierda, la que delata su filiación en el anillo que ajusta su dedo anular, y luego lo esconde desde otra ventana mostrando sutilmente su escote.
Muñecas de porcelana posando cual naturalezas en reposo, casi tan vivas como las plantas en las macetas.
Mujeres que disfrutan del picnic, ese paseo cuidado de los efectos nocivos del sol en su piel y, las señoras de Berni… sólo se me ocurre decir, bien argentinas, bien nuestras, bien de entrecasa, bien de acá.


[Quinto Piso]
¡Qué belleza!
Sólo esas dos palabras ante la obra de Guido. Una mujer casi efigie adornada por el brillo del esmalte y rosetas transparentes se opone a otra más ruda, pero no por ello menos bella, ya que ésta lleva por joya el fruto de su pesca… ¡Su desnudo te ha pescado, mi querido lector ignoto!
Mujeres que consuelan, que acompañan la faena del esposo y la familia, son las de Herrero Miranda que en el acto tan simple de su labor como levantadora de arvejas mueven en su acto hasta la solidez misma del pigmento. A veces, lechera casi al alba acarreando el balde con el fruto del ordeñe a las vacas de su compañero. Preparando la red con pisada firme para luego adentrarse en la liquidez de la jornada.
Son joyas en su refulgente verde esmeralda, destellando azules en sus brillos, azules brillos de los sueños. Se arropan y envuelven sus pensamientos con echarpes que las adornan en sus abrazos. Conversan en una esquina, quizás de otra que se aleja, o más niñas preparan un barrilete para echar a volar sus palabras al viento.
Graves, esquematizadas, aún en el juego de líneas esbozadas dejan perfilar la melancolía de la mirada.
Éstas están solas.
Tal vez Totó haya sido sorprendida por tu mirada curiosa ¡Justo cuando estaba dejando caer su naranja enagua! Hay un tesoro oculto entre esas rozagantes piernas, pulposas caderas que te inducen al apretado abrazo. Totó te espera, mi estimado lector ignoto, meneando su pierna izquierda cruzada sobre la derecha. ¿Por dónde empezarías? ¿Desprendiendo los lazos de sus tacones rojos o por sus senos que penden de su corazón casi como esos aritos rojos?
Sonrío ante la Maja desnuda de Herrero Miranda, tan criolla, tan picarona, casi como ese rostro lozano de Cori auscultándote con su negra mirada redonda.
Arturo Ventresca. Nunca había visto sus mujeres, sus secretos de alcoba ahora también son míos, también tuyos. Pieles acariciadas en cada palmo por el toque rosa de su pincel. Salgo rápido de allí, falta poco para la hora del cine, al vuelo oigo cómo cuchichean dos bellas damas con el hombre de barba crecida desde la ventana.
No quería participar de su intimidad, no quiero oírlos, dejémoslos allí con sus secretos.
Las mujeres de Gambartes, posiblemente princesas soñando que el príncipe sapo se convierta en hombre con el alba, hilan sus sueños de amor, casi en una oración, casi en un ruego de amor.
De Sívori contemplo sus perfiles. Las siluetas, las figuras de mujeres de pronto se esfuman en el paso del tiempo, resuena el tic tac de un reloj: joven, vieja, joven y vieja…
No quiero que mis sueños de hallar al príncipe en el sapo terminen así, un corte abrupto en el blanco soporte del papel, como los delineados de esos trazos azules aquí, en sanguina allí.

[Luego del film]
Saboreo unas papas fritas arrebatadas compulsivamente de un paquete en mi viaje de regreso y pienso: Realmente la muestra Figuras de mujeres. Imaginarios masculinos, curada por Adriana Armando y exhibida en OSDE me dejó frita.
Aceleré el trazo de mi birome tanto como mis pasos por llegar a tiempo para la proyección del film supuesto para hoy, pero cuando llegué tras veloz corrida me encontré con que no, no había función de cine para hoy.
Mi estimado lector ignoto ¿Es que en verdad no había, o es que los 45 minutos en mi veloz recorrida por los fotogramas (si bien eran cuadros ahora los pienso así, aunque no conté cuántos) por los dos pisos de la exposición se sucedieron de tal modo que impregnaron en mi retina la ilusión suficiente como para haber asistido igualmente al film del final del día/noche del jueves?
Tal vez fue así, tras cuarenta y ocho días sin mi Ciclo habitual…

[La noche siguiente]
(E irrumpió el encuentro con una amiga en el 122 verde) Hoy, una noche después retomo donde te había dejado y ansiosamente descubro que este papel- en el cual sólo había una línea y cuarto escrita- poseía previamente una letra y un signo a su lado que debo haber escrito sin quererlo al superponer los papeles sobre los que te cuento.
Esa letra y su signo “c/”- c y barra-, es mi abreviatura para “cada”, pero noto que luego de la barra después de la c está el margen derecho del papel y más allá, el abismo.
Curiosamente la c es el comienzo de mi nombre también, que aquí se presenta como al borde de un acantilado oblicuo- el de la barra- hacia aquello que queda del blanco papel. Salvé la caída a un centímetro de su borde con la superposición espaciotemporal de otras tres letras agregadas también por azar: “ami”, leo “c/ami” como resultado final y, siguiendo la línea de la palabra cortada, leo en la línea de abajo “c/amiga”- cada amiga-.
Ahora sí, reinicio. Cada amiga creada por todos esos imaginarios masculinos fueron hablándome/hablándonos en la quietud del instante de cada ventana. Sus cotidianeidades se hicieron mías, se hicieron tuyas y la familiaridad de sus encantos no fueron ajenos a los míos, tampoco a los tuyos.
Mujeres del litoral, ellas pusieron en foco mi sangre de dos ríos en el mapa, uno sólo en mi ser… Mi estimado lector ignoto, ¿Cuándo dejarás de ser un príncipe sapo? Quizás deba animarme de una buena vez y al fin besarte…

Figuras de mujeres. Imaginarios masculinos (Pintores rosarinos de la primera mitad del siglo XX), Espacio de Arte de la Fundación OSDE, Rosario, 11 de agosto al 27 de septiembre de 2009