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"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

viernes, 26 de junio de 2009

Ruego de amor

25/06/09
[En tiempo previo al film]
El 122 verde… como la esperanza, mi estimado lector ignoto, es lo primero que pensé ni bien vino éste, mi medio de transporte que me permite escribirte estas líneas todas las semanas. Hoy me siento con la rueda delante de mis pies, prefiero que ella corra por mí ahora que me recupero de unos días con poca salud y energía. Pienso también en el film del día/noche: Cartas a Teo (¿o es Theo?), e inmediatamente viene ese término tácito en la canción de Chico Buarque, Oh, qué será, esas bellas letras con su melodía tan brasileña que oí esta semana en decenas de versiones. El término respuesta a la pregunta que se repite: amor.
Es que no puedo remitirme a Vincent Van Gogh sin pensar en la relación de amor que lo unió a su hermano Theo, que es otro más de los aspectos corpóreos de ese sentimiento el cual siempre encuentro, parafraseando a Pablo Picasso: Yo no busco, encuentro.
¿Sabías mi estimado lector ignoto que más de una década atrás yo era otra? No podía hablar, no podía escribir, mi universo logo-excéntrico sólo se manifestaba en imágenes plásticas.
Siempre había querido estudiar arte y mi hermana Marta lo sabía aquella mañana de noviembre cuando me acompañó a inscribirme en la carrera de Bellas Artes. Ella contestó a cada pregunta que le hiciera (levanto la vista atraída por una luz verde titilante, un accidente en esta esquina, quedó como registro la moto que esos policías sacan de las ruedas delanteras de un auto blanco…) la secretaria de la ventanilla de Alumnado. En un momento, aquella mujer le preguntó levantando la vista: Pará, ¿Pero quién se inscribe, ella (señalándome) o vos?. La frase quedó para la anécdota.
Al año comencé a sorprenderme de mí misma al hablar. Y Marta siguió conmigo acompañándome siempre, cuidando a sus sobrinos hasta que la madre regresara muy entrada la noche, aún cuando Marta debía iniciar su jornada de trabajo muy temprano. Años después, aquella vez que faltándome la tinta amarilla para hacer esa xilografía color que me permitiría aprobar una materia más, Marta la pagó…
No me alcanzarían los papeles en blanco que traje para escribirte, para narrarte todas las otras anécdotas que dan cuenta del amor que nos une a mi hermana y a mí, mi estimado lector ignoto. Me he permitido este espacio previo al film para contarte que este sentimiento puede manifestarse de infinitas maneras.
Hoy puedo hablarte y escribirte gracias a mi hermana, ella quizás lo haya hecho para devolverme todo el amor de mamá que le di de niña.

[Luego del film]
Mi estimado lector ignoto, (libero una mano del guante para escribirte con el vapor de mi respiración empañando los cristales fríos de mis anteojos, tan frío como el aire circundante en torno a este asiento similar al de mi venida) hubo una confusión de mi parte por el título del film, del que me enteré como Sed de vivir, al leer el catálogo antes de su inicio y del fragmento previo de los Sueños, de Akira Kurosawa, un homenaje a Van Gogh, ese recorte que viera en otras dos oportunidades años atrás (veo carros y caballos apostados en pleno centro de la ciudad, otra vez, con los cúmulos de familias entrando en calor alrededor de pequeñas fogatas en la Plaza San Martín).
Te decía que hubo una confusión de mi parte, porque pensé que ese film del cual había visto fragmentos alguna que otra noche por TV antes que me rindiera el sueño, creía que se titulaba: Cartas a Teo, pero considero que esa confusión no es inoportuna. Al escribir "Teo" omití la “h” entre las dos vocales y así podríamos traducirlo como: Cartas a Dios.
Vincent las había comenzado a escribir tímidamente primero, desinhibidamente luego, frenéticamente por último. Eran ruegos de amor, sus oscuros dibujos con carbonilla al principio, sus pinturas al óleo plenas de luz al final, eran verdaderas cartas a Dios.
El Dios de Vincent Van Gogh existía, quizás no acorde a los preceptos de su religión, pero sí en tanto amor. Un amor que, sin embargo, no siempre recibía de Él pese a haber dado tanto.
El Dios Amor, del pintor tenía el color del sol, mi estimado lector ignoto. Girasol que gira y gira siguiendo al Sol para guardar todo el amarillo en su interior.
Los dos films y el imaginado a partir de mi confusión me sumergen en sus cartas/cuadros y hacen que esta birome que posee una pequeña bolilla en su extremo gire y gire siguiéndote a vos.

Noto que el título del film en inglés nos da todavía otra versión: Lust for life.



Vincente Minelli, Sed de vivir (Lust for life), 1956

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