[En tiempo previo al film]
Esta vez, delante de mis pies y por debajo está la rueda trasera izquierda del 122 verde. Es una posición más que cómoda para mis doloridas piernas que, inquietas van de aquí para allá en cada jornada. Quizás, mi estimado lector ignoto, hayas pensado que te abandoné durante estos quince días transcurridos pero, ya sabés, el trabajo para disfrutar del ocio…
Al traer el film de hoy, Klimt, ya mi universo logo-excéntrico venía cargando con una frase, la del título de otro film: La agonía y el éxtasis, de Carol Reed. Un desafío que JL me hizo en esta semana al recordarme aquel atormentado, iracundo, apasionado Miguel Ángel quien enunciaba como contestación al Papa Julio II cuando éste le preguntaba hasta el hartazgo cuándo terminaría la pintura del techo de la Capilla Sixtina: La terminaré cuando la termine.
Contestación casi tautológica, indefinida, en suspenso, aludiendo a un tiempo sin tiempo: Lo terminaré cuando lo termine.
Lo terminaré cuando sea necesario que lo termine.
Presente indefinido, dos sustantivos, uno femenino, el otro masculino con la conjunción copulativa “y”, precedidos por artículos determinados.
La agonía y el éxtasis nos hablan de placer, el placer experimentado casi por una relación carnal, un placer de burbujas doradas y minuciosidad de flores como en El beso de Klimt. Ella, La agonía, recibe un beso apasionado- que hasta logra inclinarle la cabeza mientras cierra sus ojos- del éxtasis mismo. Él, El éxtasis, cubre con su manto glorioso a la desnuda agonía.
Nada sé sobre la biografía de Gustav Klimt, las pocas imágenes de sus obras a las que he tenido acceso me han hablado de belleza, también de un espacio sin espacio y de un tiempo sin tiempo, más o menos como esta sensación que tengo ahora: En los márgenes, en las zonas que se difuminan del límite pareciera que uno se halla suspendido en un grado Xerox como el de Baudrillard, donde pese a su denuncia hay emoción, una que es emoción pura, indefinible, incodificable, inexplicable. Es el cerrar los ojos de La agonía y sólo gozar de un beso arrebatado.
[Luego del film]
¿Te había hablado de burbujas, mi estimado lector ignoto, aún antes de haber visto el film del día/noche?
Te había hablado de burbujas y flores al remitirme a la obra de Klimt y el director de Klimt también lo hizo.
Un Klimt agonizante en una suerte de cama de agua surge tras el sonido del fluir del vital elemento y unas campanadas anunciando la muerte en la lectura de esa obra que gira lentamente, como gira luego la cámara en varias escenas del film alegórico plenamente actual- no olvidemos la fecha de su estreno- con su planteo acerca de las identidades múltiples diluyéndose espacio/temporalmente en, sin embargo, una unidad manifestada en un nombre: Gustav Klimt y su obra.
Nada sabía de la vida del pintor, Raoúl Ruiz hoy me contó todo. Hay bellas imágenes que se quedan en mi memoria, casi petrificadas en taxidermia como los gatos desperdigados aquí y allá en el escenario de la última morada del pintor quien se escabulle por la puerta de la izquierda en un sendero que habrá de quebrarse siempre a la izquierda infinitamente. Vuelven como dobles esas imágenes doradas a la hoja y ese rostro vendado de Lea bajo un sombrero negro tras los blancos copos de nieve, quien se vuelve Mizzi, verdadera Lea, falsa Lea. ¿Cuál es la falsa, cuál la verdadera? ¿Importa?
Este film me habló mucho también de la capacidad alegórica del arte. El arte es ficción, si entra en terreno de lo real estamos perdidos, escribirá Baudrillard.
Y Klimt no distinguía alegoría de caricatura. La caricatura en tanto máscara que, como la imagen es aparición, fantasma, magia.
El pintor estaba en tiempo de finales, podríamos verlo como uno de los últimos baluartes del modernismo, pero también en su acto feroz de arraigo a la vida en un mundo herido de guerra, porque el arte, mi querido lector ignoto, es vida.
Hoy, mi universo logo-excéntrico no se equivocó. La agonía del pintor fue abrazada por el éxtasis de un beso arrebatado, un beso pleno de flores. Flores, flores, flores…
Raoul Ruiz, Klimt, 2006

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