Allí viene por fin, el 122 verde- Pensaba exactamente dos minutos atrás antes de sumergir mi mano derecha en las profundidades acuáticas de mi cartera y dar con esta simpática lapicera azul con calendario desplegable incorporado. Es que, mi estimado lector ignoto, me urgía la necesidad de echar a girar el trazo de ésta y, ya mi universo logo-excéntrico había puesto en marcha ayer, cuando recordaba la primera vez que supe acerca del film del día/noche de hoy: La naranja mecánica. ¡Qué título tan cómico resonó en mi aún universo logo-excéntrico infantil unos más de treinta años atrás, cuando en mi veloz carrera arriba por aquella calle 15 Proyectadas rumbo a su intersección con la calle Brasil, a unas cuatro cuadras de mi casa- por entonces algo así como cuatro kilómetros significando en el espacio/tiempo de aquella niña de diez años- me detuve, decía, antes del mandado que mi madre me hiciera hacer en aquel almacén coreano, frente al Cine Brasilia para leer el título de ese cartel que ostentaba una extraña imagen de un hombre con un raro ojo que salía de una ventana triangular con una daga en su mano: LA NARANJA MECÁNICA, ESTRENO, PROHIBIDA PARA MENORES DE 18 AÑOS.
¡Qué título tan gracioso para una película que me estaba vedada! ¿De qué trataría? Algo extraño había con las naranjas y los cuchillos, así era también en aquella canción infantil de… no recordaba quién, que así decía: La naranja se pasea de la sala al comedor, no le tires con cuchillo, tírale con tenedor… Y entonces, ¿Mecánica?
¿Qué extraños engranajes podrían tornar a una simple naranja en máquina?¿O es que, de pronto, por algún raro designio una naranja podría- vistiendo mameluco y con manos engrasadas- adentrarse en las entrañas de algún que otro motor?
Pero, ese Cine Brasilia me invitaba o invitaba a que viera el film ni bien cumpliera mis dieciocho años.
Semanas tras semanas desfilaban los estrenos: Corazón, Tiburón, Amigos para siempre… Sólo vi este último y lloré amargamente con esa película que jamás pude volver a ver; unos niños amigos, uno blanco y el otro negro viajando solos en avión, jugando traviesos en el interior de un neumático enorme que giraba y giraba cuesta abajo y, al final el niño negro que moría para darle calor corporal a su amigo blanco refugiados en la calle en medio de una tormenta de nieve o, aquella otra película en que tuve que taparme los ojos para no ver esas escenas tan violentas, como al hombre que ahogaban en una suerte de naranja vidriada- así habré de describir ese objeto enclavado en una habitación- Brutal asesinato como para ser visto por una niña que acompañaba a su padre adorador del cine.
Aquellos veranos con la pantalla gigante, simple ella, con revoque fino a la cal y sin más techo que las estrellas que en Asunción siempre están más cerca… Hasta que techaron la sala con tinglado y ese cine del Barrio Obrero ganó estatus pero perdió altura.
La última vez que fui al Cine Brasilia- alrededor de las diez de una fresca mañana de otoño junto a mis compañeros de colegio- vi una película japonesa con los personajes volando en cada salto al choque de sus espadas.
Los años pasaron, de La naranja mecánica sólo vi fragmentos por TV avanzadas las noches en que me rendía el sueño y no lograba terminarla. Imágenes grotescas se sucedían en la pequeña pantalla, con falos gigantes, masas humanas y, un hombre a quien obligaban a permanecer despierto con un artilugio mecánico adherido a los ojos frente a la proyección ininterrumpida de imágenes en una sala de cine para lavarle el cerebro.
Estoy llegando a la proyección, ya son las 19:37, no quiero verla entrecortada otra vez. He duplicado y superado la edad para asistir a la función, pienso… Por la mañana estarán colgando mi nueva gran cáscara de naranja cortada con cuchillo, pero esta vez re-unida en un friso con otras obras.
[Luego del film]
Sí, definitivamente esta lapicera azul con calendario es la más apropiada para escribir sobre un film tan insólito como el de hoy. Insólito no porque tenga la dureza pétrea para tratar el tema de las oposiciones- las polarizaciones del siglo XX-, sino insólito por lo inesperado en tanto medio para aludir a la violencia en todas sus formas, aún la de la producción cultural misma. La violencia del arte, la del cine, la de la pintura graffiteada, la de la escultura exhibiendo la magnitud de un pene que puede asesinar, el teatro con su juego de luces persecutorias sobre un escenario, la del texto escrito, y del texto oral para manifestarse en un idioma que ejerce violencia sobre el idioma mismo aunque, en particular- y la más fuerte- la violencia simbólica de las instituciones sociales, la familia, la religión, la cárcel…
Sin duda, el arte a veces nos muestra que posee un lado oscuro, no por ello menos exquisito. Considero que lo siniestro no es la cara opuesta de la belleza, es otro más de sus atributos.
He superado, decía, la edad para ver el film por más del doble y aún así me impactaron fuertemente ciertos fragmentos cuyo título ahora sí puedo comprender: El individuo diluido como engranaje del mecanismo social que ha de ceder a su capacidad de elegir para intentar la aceptación del medio que lo circunda.
Pienso en aquella extraña sensación de enajenación que me invadía unos quince días atrás al no verme cercada por las instituciones sociales convencionales. La pregunta que así me surge es: Si el sujeto se significa por su inserción en una institución social del tipo que sea, ¿Qué ocurre cuando la tensión entre elegir en cuál sitio ubicarse lo lleva a posicionarse en los márgenes, en aquellas zonas difuminadas del límite?
Stanley Kubrick, A clockwork orange (La naranja mecánica), 1971

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