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"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

sábado, 30 de enero de 2010

Sublime belleza

20/08/09[Antes del film]
Ya está, vuelvo a echar a rodar mis sueños. ¿Es que alguna vez se detuvieron? Tras cincuenta y cinco días sin mi ciclo de Cine Forum habitual, esta lapicera- al fin una lapicera, de cargada tinta azul con cubierta naranja- se desliza ansiosa por el blanco papel, tanto como las ruedas traseras de este 125 que van debajo y por delante de mis pies…
Pienso en el film previsto para el final del día/noche de hoy, es uno de Woody Allen cuyo título no recuerdo, pero que me trae aquel otro suyo que viera el año pasado con un Boris Grushenko danzando con la Parca sobre ese sendero y, a la vez, medito sobre este nuevo libro que reposa en mi regazo a los saltos de cada irregularidad (¡Qué término!) del asfalto. La novela soñada de la realidad, la primera modesta novela de un amigo que pasó de la virtualidad a la realidad ayer cuando asistí a la presentación de su primera obra literaria, una presentación cargada de emotividad por su historia de vida. Una tal Valeria pregunta: “¿Cuántas maneras de morir hay?” y otra tal Ariadna responde: “Son diferentes las maneras en que una persona muere: algunas lo hacen después de una larga enfermedad [esta apertura al azar trata del tema de la muerte según leo] en su casa o alguna clínica; otros, de manera abrupta en algún accidente u homicidio…”
Mmm, creo que me confundo de film, ahora que recuerdo no, no es un film de Woody Allen, es uno acerca de la vida de un director de cine de malas películas. ¿Serán de aquellas catalogadas de bizarras o cine Z? Si es así, es un juicio de valor muy nefasto para una rama de la producción del séptimo arte, mi estimado lector ignoto.
Sigamos con las páginas al azar de esta novela (la letra de pronto se me hace más irregular, es que el trayecto de empedrados de esta calle evidencia en el fluir de mis líneas un acento en los saltos. Bien, la avenida asfaltada otra vez, debería conservar la soltura de la letra fluida, lo es, sí, al detenerse el 125 frente a un semáforo y una ambulancia con su titilante luz verde, pero a paso lento cruzó por la vía contraria). Abro el libro.
Alusión al comportamiento social aceptable en las plazas públicas, Valeria vuelve a preguntar: “Papi, ¿quieres decir que hay suciedad de perros en la calle por culpa de la gente?” Ariadna es quien responde: “Sí, eso mismo. Quizás sea por falta de educación de la gente, por mala voluntad de cooperar con un mejor estilo de vida para todos […] Mami, se puede conseguir que estas cosas cambien?” Vuelve a preguntar Valeria (ha de ser una niña seguramente) “… cada pequeña modificación para bien será una gran contribución para la sociedad en su conjunto”. ¡Justo lo que siempre afirmo!: EL CAMBIO SIEMPRE EMPIEZA POR Y CON UNO.
En mi confusión inicial por el director del film que habré de ver en breve cambié uno por otro. Éste ha dejado el tema de la muerte y tácitamente mira al futuro. Oscar Wilde afirma que el hombre de acción tiene más ilusiones que el propio soñador, es que el hombre de acción, al tener su vista puesta en el futuro- ese tiempo plenamente imaginario y el más ficcional de todos, después de todo ¿quién predice el instante de la propia muerte?- da por supuesta la existencia de un porvenir y por ello vive de ilusión.
Pero la ilusión es necesaria para significar el presente, instante fugaz de tiempo (¡Qué irregularidad hay ahora en este trazo! Quizás se trate de la fina punta de esta lapicera, tal vez a la vuelta retome el bolígrafo y otra vez la ilusión del fututo). ¿El hombre de acción, entonces, es más soñador que el soñador mismo? ¿O el hombre de acción es el propio soñador? Me atrae la última de estas dos preguntas, mi estimado lector ignoto.
(Otra ambulancia a mi lado esta vez, la luz atraviesa el cristal de esta ventanilla a mi izquierda, estoy por llegar, la ambulancia pasó rápidamente).
“Los tesoros ocultos que desconocemos”, tal un capítulo más adelante en el libro. ¿Qué tesoros ocultos están esperándome a unas cuadras? (El semáforo se ha puesto en verde y continúo en la vía, hay más luces titilando adelante, éstas son amarillas, son de una grúa de auxilio). Ciento cuarenta y tres, leo el número del colectivo esperando en la vía que cruza a ésta por la que voy.
Uno más cuatro, más tres es igual a ocho. Ciento veinticinco, uno más dos, más cinco es igual a ocho. En numerología hoy es el número ocho la vedette.
Luces que titilan en los garajes, en los carteles de neón, verdes, rojos, azules, rojos. Ya debo dejarte por ahora… Estoy a dos cuadras, espero llegar en breve, ya sueño con ese momento de magia en movimiento…

[Después del film]
Ed Wood, tal el título del film de Tim Burton sobre la biografía del cineasta homónimo, etiquetado por la historia del cine como el peor director de la historia. Un hombre apasionado por sobre todo con plena fe en lo que hacía, con plena fe en Ed Wood mismo, pese a los momentos de dubitación no lo suficientemente intensos como para lograr derribar al propio Ed Wood.
¿Por qué el peor cineasta de la historia sería encumbrado y trasciende (es terrible la irregularidad de mi letra al sentarme detrás de la rueda de este 125 de regreso) como lo hace en el film de otro director, quien de algún modo le rinde homenaje?
La obra de Ed Wood y su trascendencia para el cine tiene, a mi criterio, su correlato en la pintura del Aduanero Rousseau, esa pintura ingenua que trasciende también y gesta todo un género en la pintura naif posterior.
Este cine bizarro del peor director de la historia, mi estimado lector ignoto, considero que no provoca duda pensarlo surgido de cierta crítica: aquella que se dedica a juzgar mediante criterios de valoración del más diverso tenor.
El film de Tim Burton pone en escena el papel censurador del talento por parte de los productores cinematográficos. Así lo vemos directamente en la charla que- en la ficción del film- tienen al encuentro Ed Wood y Orson Wells, paradójicamente quien es considerado como el peor, junto al mejor de la historia del cine. Allí vemos a un Orson Wells pensando en que Ciudadano Kane pudo ser su mejor obra porque trabajó con plena libertad, sin el recorte de ningún productor. Quizás sí, las dificultades económicas hayan sido el desafío, el motivo que llevó a Ed Wood valerse de cuanto recurso hubiere para alcanzar sus objetivos, pero también podría ser cierto que ese fuera suficiente motivo como para que, en su no disposición con productor alguno, lograra constituirse en un soñador.
Te decía antes del film que el hombre de acción al vivir de la ilusión en un futuro de promisión (aquello que conocemos como proyectos) es un gran soñador y Ed Wood así lo demostró. Cientos de proyectos como motor de su acción, cómo obtener los recursos para llegar al sueño: Hacer la mejor película y ser el más exitoso de todos.
Conozco acerca de esa pasión, mi estimado lector ignoto, de la pelea a cada segundo de tu presente para llegar a esa tierra de utopías llamada futuro.
“Vengan al futuro, los estamos esperando”, me parecerá leer en uno de los guiones de sus films.
Estoy llegando. Lo de la letra irregular no me ha quedado al margen, sólo lo he demorado. Por otra parte, “irregular” es un término sinónimo de raro, el cual he estado investigando por estos días, va desde el extremo de ser el más sólido espeso de lo excelente a lo menos denso de una condición volátil, gaseosa.
Ed Wood es raro, pero no porque se queda en uno de los polos, sino por su pertenencia a los dos. Un híbrido que logró combinar lo bello y lo sublime para lograr que podamos empezar a ver sus films con su belleza sublime y ése, mi estimado lector ignoto, es a mi parecer su carácter auténtico.


Tim Burton, Ed Wood, 1994

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