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"Nada muere, todo cambia -dirá Jennie-. Hoy es el pasado de otro tiempo". Quizás al leer más abajo pienses que sólo lloro, mi estimado lector ignoto, pero cuando me conozcas verás que también puedo sonreir.

sábado, 30 de enero de 2010

Él, jamás

03/09/09
[Antes del film]
Minutos antes había lanzado una estridente carcajada cuando leí- con los ojos nublados como este día- que, el film previsto para el final de este día/noche es nada menos que El hombre que nunca estuvo, no me detuve en detalles, así es que ni sé quién es el director de este título, sólo me detuve en esa frase y, emergió involuntariamente ese espasmo fruto de las contradicciones al que alude Baudelaire, como ya te contara unos films atrás, mi estimado lector ignoto.
Es que así es, tantos años invertidos para un hombre que nunca estuvo. Ese pretérito indefinido aún resuena en sus ecos en este presente de absoluta soledad, como siempre fue.
El 122 va algo lento en su rueda izquierda trasera justo debajo de mí, se detiene para subir más pasajeros. Pienso ahora en esa letra de la canción de Charly García: “Pasajera en trance, pasajera en tránsito perpetuo… un amor real es como dormir y estar despierto…”


Me he detenido durante más de un kilómetro en mis anulados pensamientos mirando el paso de la avenida con el tránsito de luces desplazado velozmente por las ventanillas de grandes cristales de la mano contraria. Un giro ahora hacia una calle angosta, mis piernas están incómodas sobre este desnivel bajo el asiento, intento estirarlas, pero la postura es aún más incómoda, espero el suceso que no llega, nada diferente, quizás deba mudarme de asiento, aunque sólo en éste hay buena iluminación.

De pronto me asalta una idea: El hombre que nunca estuvo es como el suceso que no llega en la irregularidad de los minutos. Nunca estuvo, pero sin embargo es un hay, en su carácter tácito… Suspendo estas líneas por ahora, se ve que no tengo demasiado por decirte o quizás el silencio sea todo para eso.

[Después del film]
Llueve intensamente, la intersección de esas dos calles desde la esquina brillaba vivamente con las luces reflejadas sobre los charcos, casi como la potente luz magistralmente distribuida durante las escenas de El hombre que nunca estuvo allí, tal el título del film original en inglés traducido al español. El complemento “allí” resignifica- mediante esa combinación de cuatro letras- todo el estado previo de la frase con un sentido plenamente más vago de expresar “que nunca estuvo” a cambio de “que nunca estuvo allí” da por supuesto su carácter de oposición y, a la vez, paradójico, siendo sólo una negación. ¿Ese hombre estuvo allí? Pues, si es así neguémoslo para siempre con un sentido de eternidad: “nunca”.
Si estuvo, si hubo un simple barbero que sólo por azar soñó con modificar el suceso, el curso de los hechos, pues no estuvo allí en ese terreno de los deseos y de las ilusiones que transforman a un hombre de acción en más soñador que el soñador mismo.
Hoy no hubo debate luego del film, esta maravilla colmada de recursos cinematográficos para narrar una historia que podría no tener sentido terminó abruptamente con la veloz huída de los sólo cinco espectadores que colmábamos la sala. Quizás nunca el silencio por azar fue más oportuno para sintonizarse con las sensaciones provenientes de mi universo logo-excéntrico previo al film.
Sería una espléndida noche para llegar a mi casa y refugiarme al calor de ese hombre, pero estimado lector ignoto, (¿Estuviste hoy aquí?) ambos sabemos que nunca estuvo allí.
Quedan resonando en el espacio de mis impresiones las melodías de la sonata Claro de luna de Beethoven…


Joel y Ethan Coen, El hombre que nunca estuvo (The man who wasn’t there), 2001

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