[Antes del film]
Al fin un alto en tanta corrida, de un soplido me sumerjo en el viento habitual del 122 verde, cierro las ventanillas, hace mucho calor pero nunca se sabe si a través de ellas pueda venir algún proyectil pétreo de algún que otro infante sobreviviente de la denominada crisis (guerra para mí) de 2001. Esos niños han sido expulsados del vientre del sistema, alimentados con ácido fólico desde el vientre de sus madres para no sufrir la carencia de nutrientes y lo hicieron apretando piedras en sus puños, al menos a veces así intento hallar significados a una acción tan sin sentido como la de lanzarles piedras a un ómnibus al paso.
Nuevo suspiro y sobreviene el cansancio que agobia y que espero no me derribe para conservar la atención necesaria para el film del final del día/noche, mi estimado lector ignoto.
Pensaba mientras corría veloz antes de este momento de paréntesis en lo difícil que se hace comenzar a soñar con mudarse, cambiar de vivienda cuando alguna vez uno se propuso dar corte al nomadismo de toda una vida y volverse sedentario para alojarse en un único sitio.
Pensaba en el movimiento y el detenimiento, mover, detener y viceversa… No sé si esto tenga o no alguna relación con el film propuesto para hoy: Enrico IV, ¿quién será? Sólo conozco al otro Enrique, el que duplica en número al suyo. No sé. Dejemos la incertidumbre en manos de los pensamientos traídos por mi universo logo-excéntrico. Rompo un sobre para ver cuánto implica la factura del teléfono para la economía del mes por venir, es sólo un ruido en nuestra comunicación. Humm, no es tanto esta vez, el valor monetario asignado a tantos momentos de placentera comunicación superan ese valor insignificante: “comunicándonos hogares” leo en la publicidad anexa y, vuelvo a pensar en el hogar, en lo difícil que es eso para un desarraigado.
No sé por qué ahora, en este instante mismo recordé aquel libro leído en mi adolescencia: Juan Salvador Gaviota, libro del que no he leído ni escuchado comentario desde hace más de veinte años. Una gaviota que por soñadora quiso volar más allá de la altura acordada por su comunidad, hecho que le costó el exilio, a él, Juan Salvador, y otros más que siguieron su ejemplo. Pienso en el desarraigo, en el exilio, en el nomadismo y el sedentarismo, pienso otra vez en los niños con las piedras apretadas en sus puños listas para ser lanzadas directamente a las ventanillas de este colectivo. En La lentitud, de Milan Kundera, leí un fragmento muy atractivo “Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad […]”.
No soy ajena a esta realidad, también quiero olvidar… pero no dormirme en el exilio de los sueños que aún esperan. Quiero llenar de significados el término “hogar” para poder hacerlo “mi hogar”. Releo las últimas líneas de nuestra comunicación sobre el film anterior: “Vengan al futuro, los estamos esperando”. ¿Vamos, mi estimado lector ignoto?
[Después del film]
Y digamos mejor que es necesario actuar para vivir… Ahora resuenan las melodías de esa canción de Baglietto en mi mente tras asistir a la proyección de Enrico IV, y sabiendo quién es ahora, un enamorado no correspondido que para huir de los fantasmas de la realidad construye su propia máscara de loco frente a los demás y así congela el tiempo y el espacio que, tras más de veinte años se irán poniendo en movimiento nuevamente como el artilugio mecánico de un antiguo reloj suspendido en la misma hora fija: nueve menos cinco (4/IV), 8:55 el 9, la nada en numerología.
Este film de trama tan compleja de Marco Bellocchio trastoca todos los pilares de nuestras más firmes creencias en una realidad constituida por nosotros, los cuerdos, frente a las de los otros, los locos.
“No estoy loco porque puedo actuar de loco” afirmará el emperador desenmascarado, quién luego habrá reído mordazmente junto a sus bufones. Recordé en esta escena aquello que escribiera Charles Baudelaire acerca de lo cómico en las artes plásticas, sobre la risa, movimiento involuntario, convulsión espasmódica del cuerpo frente a la situación insólita y no dominable.
La risa es- ¿Recordás mi estimado lector ignoto?- más terrena y humana cuanto que es aquello que me diferencia de mis mascotas.
Magdalena hoy trajo en el debate posterior, el significado del término “familia” para los romanos que podían mostrar frente a los demás su carácter como “mejor familia” según la cantidad de fámulas, sirvientes, con los que contaban. Enrico IV poseía cuatro bufones y músicos quienes serán los primeros ante quienes el actor se quitará el personaje arrojando piedras de utilería en ese momento… y rememoré el puño apretado con la piedra…
Me duermo al escribirte, cerré por hoy la carpeta que contiene esta hoja.
Marco Bellocchio, Enrico IV, 1984

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