[En tiempo previo al film]
Estimado lector ignoto, efectivamente el jueves me dormí. Es que cuando huye el día hay al menos dos posibilidades con el arribo de la noche, o rondan todos los fantasmas agobiando el descanso y llega la hora de producir todas esas obras que en más de una negra y agujereada capa supe realizar, o, como me sucedió hace una semana, llega el momento del desmayo para el más profundo de los reposos.
Es que el trabajo no sólo trae dignidad, sino sobre todo cansancio. A veces, el trabajo -que sólo debería ser necesario para disfrutar del ocio- crece como un globo rojo que un niño infla desprevenido hasta reventarse sobre su nariz.
En el acto desesperado por conservar mi trabajo y la permanencia en él me he encargado de aferrarme a cuanta posibilidad hubiere y ahora… Ahora, apenas respiro ante cada segundo, corriendo, a los saltos, en un ritmo hiper-acelerado, corriendo contra qué, para qué. Tal vez deba parar, mi amigo. Sí, porque escribo estas líneas para vos a los saltos en este colectivo, nuevamente sentada justo encima de la rueda izquierda trasera.
Corriendo, digo, contra el tiempo, porque no me quiero tampoco perder de ver ese jardín que una amiga virtual- compañera real- hace tiempo ha estado armando…
Yo no te prometí un jardín de rosas, tal la obra de Frivolidades Argentinas, la muestra que se inaugura paralelamente al film de hoy. Pero el día me huye otra vez, estimado lector ignoto y, antes de ese film que ya casi vislumbro en estas líneas habré de pasar a ver ese jardín no prometido.
Temprano, recordaba esa frase de Savater a propósito de la inauguración de la Feria del libro de este año: “El mundo de alguna manera siempre ha vivido una realidad virtual”, efectivamente, yo también comparto. Pareciera que las llamadas nuevas tecnologías instauraron precisamente eso: Algo nuevo. Pero, la concepción cíclica de la historia hace que lo que hoy creemos nuevo, en mi opinión, no es más que una vuelta de tuerca de lo mismo.
Pienso que desde que el ser humano posee su capacidad de hacer arte, desde que es tal, asiste en consecuencia a un mundo virtual.
Este colectivo dio otra vuelta y ya no sé dónde estoy. ¡Ah! Pellegrini y Mitre. En horas- por la mañana- andaré por aquí para volver a trabajar pero, mientras tanto a disfrutar. Eso, si la noche que sobreviene lo permite, pues cuando huye el día viene ella con sus horas de fantasmas o con el dulce reposo.
[Luego del film]
Y aún cuando huye el día, aún cuando ya toda la vida se cree escurrida en un hombre que jamás conoció el amor, viene ella con su manto de posibilidad. Aún cuando la propia muerte se vea llegando con su corte abrupto, está en el rostro envejecido la luz de la vida iluminando el dulce reposo.
Ese hombre trabajó, quién escribirá su historia, la cara reseca, la viuda que sueña, los amigos que siguen igual, la gloria en zapatillas, el florero vacío, quién sabe si se puso a pensar, para qué vivo… Vienen las letras de El témpano, esa canción de Rubén Goldín.
Las fresas salvajes que esa joven Sara recolectaba en su canasta y que luego cayeron por el beso robado por Sigfrid fueron la posibilidad de amar de Isak, ese hombre hierático pero, también me recordaron esa pequeña huerta de frutillas que mi- no menos- hierática abuela tenía en el patio trasero de su casa.
Me encantaba estar en cuclillas tocando la blanca arena donde crecían, viendo cómo demoraban en madurar. Esa vez que arranqué unas, aún blancas y me retaron tanto mi abuela y mi madre que lloré amargamente. Después, esas rojas frutillas de los cuatro potes de postre que, preparando mi madre, terminaron en el tarro de basura del fondo de mi casa tras una discusión entre mi padre y ella por no ponerse de acuerdo en si (cambié la lapicera por una negra, casualmente la azul se quedó sin tinta) debían permitirme que las comiera antes del almuerzo o no.
Las comí de todos modos, con el llanto ahogado arrodillada sobre el tarro de basura para salirme con la mía. La paliza de mi padre no me dolió.
De pronto, mi ignoto lector, caigo en la cuenta de que yo tampoco conozco el amor (Levanto la vista y sólo veo la hilera de cabezas delante de mí en este regreso en colectivo, se me hace un nudo en la garganta, no sé si podré seguir escribiendo por hoy).
Veo que tiene muchos títulos pero, yo llamaría al film de hoy Fresas robadas.
Siento, de pronto, como si la vida me dijera “Yo no te prometí un jardín de rosas”… pero, me salgo con la mía y le respondo dulcemente con esta canción “Yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz…”
Estoy de vuelta en mi casa, del colgante de llaves (no he hallado mejor lugar) cuelga una nueva gran cáscara llena de cicatrices que ayer pinté para la exposición en la facultad por los 25 años de democracia…
Ingmar Bergman, Smultronstället (Cuando huye el día/Fresas salvajes), 1957

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