[En tiempo previo al film]
Antes de salir tomé deliberadamente una serie de lapiceras de tintes infrecuentes. Me cansé del azul y el negro; ahora comienzo estas líneas…- no habrás de adivinar mi lector ignoto, puesto que esta que elegí se trata nada menos que del naranja, aunque hay, sin embargo, otra verde amarilla y aún más, la magenta-.
Venía meditando en cómo desenrollar esta conversación y encontré un término en mi solitario universo logo-excéntrico. El vocablo en cuestión es enajenado.
Una extraña sensación de enajenación se ha estado apoderando de mí por estas horas y…- cambiaré de tinte, ya que casi no se ven los trazos sobre este blanco papel-.
Te decía que…- se entrecorta el trazo de la lapicera magenta y su punta salta al compás de los propios saltos de este colectivo, “propios” digo, ya casi no leo ni mis propias líneas que se me hacen ajenas por el impacto del movimiento irregular conque me traslado-. El título (se cortó la palabra) del film Ladrones de bicicletas no me dice nada más que “Mirá, han hecho u (en blanco, una)"- cambio por la verde, se ven un poco más que las líneas naranjas, pero no tanto como las magentas, creo que volveré al azul, ¡Oh!, buscar en esta cartera es como entrar en esa grieta abisal de once mil kilómetros, la más profunda que se conozca en el fondo del mar. Bien, por algo los instrumentos de escritura manual son mejores si azules o negros-.
Decía (creo, no recuerdo) que el título del film del día/noche sólo me dice “Mirá que le han hecho un film a los tres que te robaron aquéllas tres bicicletas y, en particular la última- casi recién comprada- con la que hacías tus placenteros viajes recorriendo media ciudad hasta esos amaneceres a orillas del río [marrón] Paraná allá por el 2001. Locura de sentir el frío helado de aquel invierno lastimándote la cara mientras pedaleabas uno de tus tantos sueños: el sueño del ejercicio de la docencia. Y hoy… y ahora… enajenada”.
Ya no me quedan ninguna de esas tres bicicletas, decidí no comprarme jamás ninguna otra, no porque no amara el lento o veloz pedaleo poniéndole la cara al viento, sino para no darles el gusto a ellos, a los ladrones.
¡Qué palabra tan desagradable para describir a quienes se apropian de lo ajeno!
Sin querer volví al término enajenado/a, (busco desesperadamente otra hoja para seguir escribiendo) aquel que entra en el juego del ajeno.
Por ahora freno, debo bajar de este vehículo. De veras, quiero saber de qué se trata esta película, aunque ya lo intuya.
[Luego del film]
Noto que no sé cómo y, de alguna manera mi universo logo-excéntrico (así deconstruyo el término a partir de una diferenciación con el de logocentrismo con tanta vigencia por siglos) logra escribir acerca del film del día/noche desde antes de verlo, quizás sea solo algo fortuito o, tal vez sea que esa neurosis obsesiva que siempre me acompaña provoque que asocie los acontecimientos de tal modo que se me hagan siniestros, tal como leyera unos meses atrás en El hombre de la arena analizado por Freud.
Digo siniestro en el sentido de, aquello que debiendo ser familiar se percibe de pronto como ajeno, extraño.
¿Cómo podría haber pensado en el término “enajenación” antes de ver esta maravillosa película de De Sica? La bicicleta era la posibilidad de estar mejor, la posibilidad de comer, de hacer feliz a la propia familia, hasta de recuperar con tan sólo un mes de salario los seis cubrecamas vendidos por la mujer para comprar esa bicicleta pero, una vez enajenada pasó ser más que sólo eso, pasó a ser atributo de la dignidad arrebatada.
La dignidad, tan sostenida tanto por el sombrero del protagonista padre, como por el saco del protagonista niño.
Tan deseada que hasta en nombre de la dignidad misma, la bicicleta hubo de ser robada por el padre frente al dolor de ese niño sin consuelo.
Tuve muchos deseos de llorar por la crudeza del relato. Sí, diré “relato” porque de eso se trató el film de hoy. Relato desde lo verbal y lo no verbal, por sobre todo lo no verbal en los gestos y en los espacios.
Hubo un tiempo y un lugar en que el trabajo- cualquiera fuese- representaba la dignidad. Me planteo que algo ha pasado, en mi entorno el trabajo ya no es atributo de dignidad, sinónimo de bienestar… (Me duermo)
Vittorio De Sica, Ladri di biciclette (Ladrones de bicicletas), 1948

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